Agua que no has de beber


Opacado por la guerra, el Foro Mundial del Agua no ha podido enviar su dramático mensaje: se avecina una catástrofe hídrica.

"El agua no es necesaria para la vida -escribió Antoine de Saint-Exupéry-: el agua es la vida". Tanto lo será, que, según cálculos del Banco Mundial, es probable que en los próximos 20 años la escasez de agua produzca mayor número de muertes que las guerras. Los especialistas menos sombríos consideran que 76 millones de personas morirán antes del 2020 por enfermedades relacionadas con falta de agua potable. Pero las guerras ocupan mucha más atención que el inminente Apocalipsis hídrico. Prueba es que el Foro Mundial del Agua, que se celebra en Japón, quedó totalmente desplazado por el estallido de los misiles en Irak. Aunque igualmente fuertes se escuchan las voces de quienes nos hablan con alarma sobre el problema del agua.

Problema que empieza por su definición filosófica y termina por los conflictos políticos y no pocas veces violentos. Definida como "derecho humano" por quienes entienden que sin el agua la vida es imposible, y como "un bien" por entidades y firmas internacionales que anticipan ya un próspero mercado comercial, este elemento es el más abundante en el universo. Cerca del 70 por ciento del globo está cubierto por agua. Apenas el 2,5 por ciento del agua del mundo es dulce, y de la fresca cada día hay menos. Desde 1970, el volumen per cápita de agua potable se ha reducido, por distintas razones, en una tercera parte. Dentro de 22 años habrá 2.600 millones de personas más, y las dos terceras partes sufrirán de sed. Maude Barlow y Tony Clarke afirman en su reciente libro Blue Gold, que a la vuelta de un siglo se habrá agotado o echado a perder toda el agua disponible: los acuíferos que hoy son fuente principal de líquido en el Medio Oriente estarán agotados, el avance del desierto y la tala del bosque tropical habrán menguado las lluvias, y la contaminación de los ríos impedirá el consumo directo de la mayor parte de su caudal.

Colombia figura entre los cuatro países más ricos del orbe en este elemento. Como casi todo entre nosotros, también el agua está mal distribuida: la cuenca del Magdalena y el Cauca, donde habita el 80 por ciento de la población, solo produce el 20 por ciento del recurso. Aun así, tenemos más de 1.600 ríos, regiones de elevadas precipitaciones -como el Chocó- y copiosas selvas que explican nuestra riqueza en esta materia. A cada colombiano le corresponden 57.000 metros cúbicos de agua anuales, en contraste con los 7.700 de promedio per cápita en el planeta.

Es, sin embargo, una abundancia engañosa, porque su elevada cantidad no está a tono con su calidad ni con su distribución. El exterminio sistemático de los bosques y la mengua constante de torrentes están produciendo un ecocidio en las lagunas. Muchas -Tota, La Cocha, Suesca- se están secando, y algunas, como la de Fúquene, casi son ya un miserable pozo. Al mismo tiempo, el éxito de las fumigaciones de cocales, que es buena noticia en la lucha contra la droga, resulta pésimo para las aguas, envenenadas y contaminadas por los productos químicos. Los manejos erráticos de los recursos hídricos han resecado vastas zonas del mapa. Del sur del Cauca, el norte de Nariño, el noroccidente de Boyacá y el centro de Santander salen miles de familias desplazadas por falta de agua.

Esta podría ser, lamentablemente, la imagen futura de todo el país, donde, sin conciencia alguna de la riqueza sobre la que estamos parados, nos hemos dedicado a secar ríos y lagunas y a acabar con los páramos y los bosques. Un estudio de la Contraloría General de la República advirtió hace tres años que en el 2016 el 38 por ciento de los colombianos afrontará crisis hídricas, circunstancia que tocará al 70 por ciento un par de lustros después.

Para evitar que ello ocurra hay que adquirir conciencia inmediata de la importancia y valor del agua. Desde hace años, los especialistas piden una autoridad nacional de alta jerarquía que se ocupe de estudiar, planear y promover medidas al respecto. Existe un viejo clamor por una Ley de Páramos que proteja las fuentes de agua, y campañas que eviten el despilfarro, incluso en épocas de aparentes vacas gordas. Aún estamos a tiempo de cambiar nuestra relación con el agua para que no se convierta en un bien tan escaso que sea incapaz de garantizar el derecho de acceder a ella.

Editorial periódico El Tiempo, Bogotá, 21 de marzo de 2003

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