Víctor Hugo, 1802-1885

Los miserables, 1845-1862

Quinta Parte

Libro Segundo

El Intestino de Leviatano

I La Tierra empobrecida por el mar


París arroja anualmente veinticinco millones al agua. Y no hablamos de metáfora. ¿Cómo y de qué manera? : día y noche. ¿Con qué objeto? : sin ningún objeto. ¿Con qué idea?: sin pensarlo. ¿Para qué?: para nada. ¿Por medio de que órgano? : por medio de su intestino. ¿Cuál es su intestino?: la alcantarilla.

Veinticinco millones es la más moderada de la cifras aproximadas que dan los cálculos de la ciencia especial.

La ciencia, después de haber andado a tientas durante mucho tiempo, sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el abono humano. Los chinos, digámoslo para nuestra vergüenza, lo sabían antes que nosotros. Ningún labrador chino (lo ha dicho Eckeberg), vuelve de la ciudad sin traer en los dos extremos de su bambú, dos cubos llenos de lo que nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra en China, está aún tan joven como en los tiempos de Abraham. El trigo chino da hasta ciento veintiocho granos por semilla. No hay grano comparable de fertilidad, al detritus de una capital. Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros. Emplear la ciudad en abonar la llanura, sería asegurarse un éxito infalible. Si nuestro oro es estiércol, en cambio, nuestro estiércol es oro.

¿Qué se hace con ese oro-estiércol? Se le arroja al abismo.

Se envían convoyes de buques, que ocasionan grandes gastos, para recoger en el polo austral el excremento de los petrelos y pingüinos, y el incalculable elemento de opulencia que se tiene al alcance de la mano, se tira al mar. Todo el abono humano y animal que el mundo pierde, devuelto a la tierra en lugar de ser arrojado al mar, bastaría para alimentar al mundo.

Estos montones de inmundicias de las esquinas y bordillos, estos carros de basura que se zangolotean por las noches en las calles, esos horribles toneles de muladar, estos fétidos arroyos de fango que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que son? Son la pradera en flor, la hierba verde, el serpol, el tomillo, la salvia; son la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes por la tarde; son heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa, sangre caliente en vuestras venas; son salud, alegría, vida. Así lo quiere esta creación misteriosa que es la transformación sobre la tierra y la transfiguración en el cielo.

Devolved todo esto al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia. La nutrición de las llanuras, forma el alimento de los hombres.

Dueños sois de perder esta riqueza, y de juzgarme además del ridículo. Será la obra maestra de vuestra ignorancia.

Las estadísticas han calculado que Francia por sí sola vierte todos los años en el Atlántico por boca de sus ríos, quinientos millones. Con estos quinientos millones se pagaría la cuarta parte de los gastos del presupuesto; y, sin embargo, la habilidad de los hombres es tal, que prefiere desprenderse de ellos, regalándolos al arroyo. La sustancia misma del pueblo aquí, gota a gota, allá a oleadas, se les lleva tras de sí ese miserable derramamiento de las alcantarillas en los ríos, y este gigantesco vómito de nuestro ríos en el océano. Cada hipo de nuestras cloacas, nos cuesta mil francos. Dos son sus resultados: la tierra empobrecida y el agua apestada. El hambre saliendo del surco, y la enfermedad del río.

Es notorio, por ejemplo, que hoy, el Támesis envenena a Londres.

En cuanto a París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que la mayor parte de las alcantarillas río abajo, desemboquen por el último puente.

Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas aspirante e impelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo como el pulmón del hombre y que esta en pleno funcionamiento en varias comunas de Inglaterra, bastaría para traer a nuestras ciudades el agua pura de los campos, el agua rica de las ciudades, y por este sistema, el más sencillo del mundo, aprovecharíamos los quinientos millones arrojados fuera. Se piensa en otras cosas.

El procedimiento actual hace mal, queriendo hacer el bien. La intención es buena el resultado es triste. Se cree expurgar a la ciudad y se enferma a la población. Una alcantarilla es un mal entendido. Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función, restituyendo lo que toma haya reemplazado a la alcantarilla, simple lavado empobrecedor, entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social, el producto de la tierra será duplicado, y el problema de la miseria sería singularmente atenuado. Añádase la supresión del parasitismo, y quedará resuelto.

Entretanto la riqueza pública se marcha al río, y la merma sigue. Merma, sí, esta es la palabra. Europa se arruina por su consunción.

En cuanto a Francia, acabamos de mencionar su cifra. Ahora bien, como París contiene la vigésima quinta parte de la población francesa total, y el guano parisiense es el más rico de todos, no se lleva todavía al guarismo verdadero al evaluar en veinticinco millones la parte de pérdida de París en los quinientos millones que Francia deshecha anualmente. Estos veinticinco millones, empleados en asistencia y goces, doblarían el esplendor de París. La ciudad los gasta en cloacas. De manera que puede decirse que la gran prodigalidad de París, su fiesta maravillosa, su Foli-Beaujon, su orgía, su fortuna derramada a manos llenas, su fasto, su lujo, su magnificencia, es su alcantarilla.

De esta suerte, en la ceguera de una mala economía política, se ahoga y se deja arrastrar por la corriente, y perderse en los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes en Saint-Colud, para la fortuna pública.

Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, manirroto.

París, esta ciudad modelo, este patrón de capitales bien construidas. Y de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal, augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y mansión de las inteligencias, ciudad-nación, colmena del porvenir, admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, hace, bajo el punto de vista que acabamos de considerar, encogerse de hombros a un labrador de Fo-Kian.

Imitad a París y os arruinaréis.

Por lo demás, en este despilfarro insensato, el mismo París imita.

Estas sorprendentes ineptitudes no son nuevas; la necedad en el presente caso viene de muy atrás. Los antiguos obraban como los modernos. "Las cloacas de Roma –dice Liebig-, han absorbido todo el bienestar del labrador romano". Cuando la campiña de Roma fue arruinada por alcantarilla romana, Roma agotó los recursos de Italia, y cuando hubo vaciado a Italia en su cloaca, ejecutó lo propio luego con Sicilia, luego Cerdeña, y luego África. La alcantarilla de Roma se ha tragado al mundo. Esta cloaca ofrecía sus tragaderas a la ciudad y al universo. Urbi et orbi. Villa eterna, alcantarilla insondable.

En estas cosas, como en otras, Roma da el ejemplo.

París, sigue este ejemplo, con toda la estupidez propia de las ciudades de talento.

Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene debajo de sí otro París. Un París de alcantarillas, con sus calles, sus encrucijadas, sus plazas, sus callejuelas sin salida, sus arterias, y su circulación, que es fango, faltando sólo la figura humana.

Porque no debe adularse a nadie, ni siquiera a un gran pueblo. Donde hay de todo, se encuentra la ignominia al lado de la sublimidad; y si París contiene a Atenas, la ciudad de las luces, a Tiro, la ciudad del poder, a Esparta, la ciudad de la virtud, a Nínive, la ciudad del prodigio, contiene también a Lutecia, la ciudad del cieno.

Por otra parte, el sello de su poder esta también presente y la titánica sentina de París ostenta, entre sus monumentos, este ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres tales como Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: lo grandiosos abyecto.

El subsuelo de París, si la vista pudiera penetrar su superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal. Una esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad. Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte, sin hablar del confuso enverjado de las cañerías del gas, son contar con el vasto sistema tubular de la distribución de agua corriente a las fuentes públicas, las alcantarillas por sí solas forman, en las dos riberas, una prodigiosa red subterránea; laberinto cuyo hilo es la pendiente.

Allí, aparece, en la bruma, la rata, que parece el producto del parto de París.

 

II La historia Antigua de la Alcantarilla

 

Si imaginamos a París, levantando como una tapadera, la red subterránea de las alcantarillas, vista a vuelo de pájaro, dibujará en las dos orillas una especie de rama gruesa injertada al río. En la orilla derecha, la alcantarilla del centro será el tronco de esta rama, y los conductos secundarios serán ramas, y los callejones sin salida ramitas.

Esta imagen está hecha a grandes rasgos, y no es del todo exacta; pues el ángulo recto, que es el ángulo habitual de este género de ramificaciones subterráneas es muy raro en la vegetación.

Nos formaremos una imagen más adecuada de este extraño plano geométrico, figurándonos ve en el suelo, sobre un fondo de tinieblas, algún extraño alfabeto oriental, en desorden, y cuyas letras disformes estuviesen soldadas unas con otras, como a la ventura, ora por sus ángulos, ora por sus extremidades.

Las sentinas y los albañales representaban un gran papel, en la Edad Media, y en el bajo Imperio y en el Antiguo oriente. La peste nacía en ellos, y los déspotas iban allí a morir. Las multitudes miraban casi con temor religioso esos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso de los gusanos de Benrés no era menos vertiginoso que el de los leones de Babilonia. Teglt-Falasar, según los libros bíblicos, juraba por la sentina de Nínive. Del albañal de Munster, Jean Leyde, hacía salir su falsa luna, y del poso-cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta velado del Korasan, hacía salir su falso sol.

La historia de los hombres se refleja de las cloacas. Las gemonías eran los fastos de Roma. La alcantarilla de París, ha sido una antigualla formidable. Ha sido sepulcro, y ha sido asilo. El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen o han perseguido, se ha ocultado en este agujero; los maillotins, en el siglo XVI, los caperadores en el siglo XV, los hugonotes en el siglo XVI, los iluminados de Morin, en el siglo XVII, los chauffeurs, en el siglo XVIII. Hace cien años, de allí salía la puñalada nocturna, y por allí se deslizaba el ratero para librarse del peligro. El bosque tenía la caverna, y París la alcantarilla. La truhanería, estos pilluelos galos, aceptaba la alcantarilla como sucursal de la Corte de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el vomitorio Maubueé como en una alcoba.

Era muy sencillo que los que tenían por lugar de trabajo cotidiano el callejón Vide-Gousset, o la calle Coupe-George, tuvieran por domicilio nocturno el puentecillo de Chemin-Vert, o la huronera Hurepoix. De aquí proviene una multitud de recuerdos. Fantasmas de todas las clases frecuentaban esos largos corredores solitarios; en todas partes, la podredumbre y el miasma; acá y allá respiradero, en donde Villon, desde dentro, habla con Rabelais, situado afuera.

La alcantarilla, en le viejo París, es la cita de todos los aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en ella un detritus, y la filosofía social un resultado.

La alcantarilla es la conciencia de la población, todo converge en ella, y en ella se confronta. En este lugar lívido, hay tinieblas pero no hay ya secretos. Cada cosa tiene su forma verdadera, o al menos su forma definitiva. El montón de basuras, puede alegar en su favor que no es mentiroso. La ingenuidad se ha refugiado allí. En él se encuentra la máscara de Basilio, pero se ve el cartón y el bramante, lo interior y lo exterior, está realzado con un honrado cieno. Cerca está la falsa nariz de Scapin. Todas las porquerías de la civilización, cuando ya no sirven, caen en ese foso de verdad, a donde va a parar el inmenso derrame social. Se sumergen en él, pero se ponen al mismo tiempo de manifiesto. Aquella mezcla es una confesión. No más falsas apariencias; ya no hay afeites ni disfraz posibles; la basura se quita la camisa; desnudez absoluta disipación de ilusiones; lo que es, nada más que lo que es, con la siniestra figura de lo que acaba. Realidad y desaparición. Allí una botella rota confiesa los excesos de la embriaguez; el asa de una cesta refiere los lances del servicio doméstico; el corazón de manzana que ha tenido opiniones literarias, vuelve a ser corazón de manzana; la efigie del cuarto se cubre francamente de herrumbre; el salivazo de Caifás, se encuentra con el vómito de Falstaff; el luis de oro que sale del garito, choca con el clavo donde cuelga el extremo de cuerda del suicidio; el feto lívido rueda con las lentejuelas que bailaron el último martes de Carnaval en la ópera; el bonete que ha juzgado a los hombres, se revuelca del harapo que fue la falda de la mujer galante; pasa de fraternidad, es ya tuteo. Todo lo que se acicalaba ahora se empuerca. El último velo se ha arrancado. Una alcantarilla es un cínico. Lo dice todo.

Esta sinceridad de la inmundicia, tiene algo de bueno y alivia el alma. Cuando se ha vivido teniendo que soportar el espectáculo de la grande importancia que se arrogan en la tierra la razón de Estado, el juramento, la sabiduría política, la justicia humana, la probidad profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles, consuela entrar en una alcantarilla y ver el fango a que se ha reducido todo esto.

Además, enseña. Acabamos de decirlo, la historia pasa por la alcantarilla. Las matanzas, como la de la noche de Saint-Barthelemy, filtran gota a gota por entre los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las carnicerías políticas y religiosas, atraviesan ese subterráneo de la civilización y arrojan en él sus cadáveres. Para el pensador, todos los asesinos políticos están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de sudario por delantal, lavando lúgubremente con una esponja las manchas de sus crímenes. Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I, y Duprat, Carlos IX y su madre, Richelieu con Luis XIII, Louvois, Letellier, Herbert y Maillard, arañando las piedras por si consiguen que desaparezca la huella de sus acciones. Se oye abajo estas bóvedas la escoba de los espectros. Se respira la fetidez enorme de la catástrofes sociales. Se ven en las esquinas reflejos rojizos. Corre allí un agua terrible, donde se han lavado las manos ensangrentadas.

El observador social debe entrar en estas sombras. Forman parte de su laboratorio. La filosofía en el microscopio del pensamiento. Todo quiere huir de ella, pero nada se le escapa. Tergiversar es inútil. ¿Qué lado es el que se muestra al tergiversar?, el de la vergüenza. La filosofía persigue al mal, con su mirada fiel y no le permite evadirse en la nada. En el eclipse de las cosas que desaparecen, en el empequeñecimiento de las cosas que se desvanecen, todo lo conoce. Reconstruye la púrpura por el girón, y la mujer por el harapo. Con la cloaca rehace la ciudad; con barro rehace las costumbres. Del tiesto concluye el ánfora o el cántaro. Reconoce por la huella de una uña sobre el pergamino, la diferencia que separa la judería de la Judengasse, y la judería del Ghetto. Encuentra en lo que es, lo que ha sido, el bien, el mal, lo falso, lo verdadero, la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta de al caverna, la gota de cebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones, las orgías vomitadas, el pliegue que han hecho los caracteres al bajarse, la huella de la prostitución en las almas groseras, y en el traje de los mozos de cuerda de Roma, la señal del codazo de Mesalina.

 

III Bruneseau

 

La alcantarilla de París, era legendaria en la Edad Media. En el siglo XVII, Enrique II, intentó un sondeo, que abortó. No hace aún cien años, la cloaca, según testifica Mercier, quedó abandonada a sí misma, y llegó a ser lo que buenamente pudo.

El antiguo París estaba entregado a las disputas, a las indecisiones y a los ensayos. Fue por mucho tiempo bastante torpe. Después vino 89 a mostrar cómo el talento vuelve a las ciudades. Pero, en los viejos tiempos, la capital tenía poca cabeza; no sabía desempeñar sus asuntos, ni moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las inmundicias, que cómo había de extirpar los abusos. Todo eran obstáculos: de todas partes surgían disputas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria de todo itinerario. No llegaba a orientarse mejor en el muladar que a entenderse en la ciudad: arriba lo ininteligible, abajo lo intrincado; la confusión de las lenguas sobre la confusión de los subterráneos. Babel sobre Dédalo.

Algunas veces, a la alcantarilla de París se le ocurría desbordarse, como si ese Nilo desconocido montase de repente en cólera. Había, cosa infame, inundaciones de alcantarilla. Por momentos, este estómago de la civilización digería mal, la cloaca refluía a la garganta de la ciudad, y París tenía el regusto de su barro. Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento, eran buenas, en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la ciudad se indignaba de que su cieno mostrase tal audacia, y no se avenía con aquel sabor a basura. El remedio era digerirla mejor.

La inundación de 1802 es uno de los recuerdos actuales de los parisienses de ochenta años. El fango se derramó por la plaza de la Victorie, donde está la estatua de Luis XIV; entró en la calle Saint-Honoré por las dos bocas de alcantarilla de los Campos Elíseos, en la calle Saint-Florentin, por la alcantarilla Saint-Florentin, en la calle Pierre-a-Poisson, por la alcantarilla de la Sonnerie, en la calle Popincourt, por la alcantarilla de la calle de Lappe, cubrió los adoquines de la calle de los Campos Elíseos, hasta una altura de treinta y cinco centímetros; y al mediodía, por el vomitorio del Sena, que hacía su función en sentido inverso, penetró en la calle Mazarine, en la calle I’Euchaudé, y en la calle de Marais, donde se detuvo a una distancia de ciento nueve metros, precisamente a pocos pasos de la casa que había habitado Racine, respetando en el siglo XVII, al poeta más que el rey. Alcanzó su profundidad máxima en la calle Saint-Pierre, donde subió hasta tres pisos por encima de las baldosas de la esclusa, y su extensión máxima en la calle Saint-Sabin, donde se extendió en una longitud de doscientos treinta y ocho metros.

A principios de este siglo, la alcantarilla de París era aún un lugar misterioso. El barro nunca puede gozar de buena reputación; pero aquí, la mala fama llegaba hasta el pavor. París sabía confusamente que había debajo de él, una cueva terrible. Se hablaba de ella, como de este monstruoso charco de Tebas, donde pululaban escolopendras de quince pies de longitud, y que hubiera podido servir de bañera a Behemoth. Las gruesas botas de los alcantarilleros, no se aventuraban nunca más allá de ciertos puntos desconocidos. Estaban aún muy próximos a los tiempos en que los carros de basura, de lo alto de los cuales Sainte-Foix fraternizaba con el marqués de Crequi, se vaciaban simplemente en la alcantarilla. En cuanto a la limpieza, se confiaba esta función a los chaparrones, que en vez de barrer acumulaban más basura. Roma, por lo menos, dejaba alguna poesía a su cloaca, dándole el nombre de gemonías; París insultaba a la suya, llamándola el agujero hediondo. La ciencia y la superstición, estaban de acuerdo para el horror. El agujero hediondo no repugnaba menos a la higiene que a la leyenda. El fantasma, el coco, surgía bajo el fétido arco de la alcantarilla Mouffetard; los cadáveres de ellos Masmousets, habían sido arrojados en la alcantarilla de la Barillerie; Fagon había atribuido la terrible fiebre maligna de 1685, a la gran hendidura de la alcantarilla del Marais, que permaneció abierta hasta 1833 en la calle Saint-Louis, casi en frente a la muestra del Messager Galant. La boca de alcantarilla de la calle de la Mortellerie, era célebre por las pestes que de allí salían; con su reja de hierro con puntas que simulaban una hilera de dientes, era, en esta calle fatal, como la boca de un dragón soplando el infierno sobre los hombres. La imaginación popular sazonaba el sombrío vertedero parisiense, con cierta horrible mezcla de infinito. La alcantarilla carecía de fondo. Era el baratro. La idea de explorar estas regiones leprosas no se le ocurría ni siquiera a la policía. Tantear aquel desconocido, arrojar la sonda en aquella sombra, ir a explorar semejante abismo, ¿a quién iba a ocurrírsele? Era espantoso. Presentóse sin embargo una persona. La cloaca tuvo su Cristóbal Colón.

Un día, en 1805, en una de estas extrañas apariciones que el emperador hacía en París, el ministro del Interior, un Decres, o un Cretet cualquiera, fue a verle. Oíase en el Carrusel, el ruido de los sables de todos aquellos soldados extraordinarios de la gran República, y del grande Imperio; había un agolpamiento de héroes a la puerta de Napoleón; hombres del Rhin, el Escalda, del Adige y del Nilo; compañeros de Jouvert, de Desaix, de Marceau, de Hoche, de Kleber; aeróstatas de Fleurus, granaderos de Maguncia, pontoneros de Génova, húsares a quienes habían visto las pirámides, artilleros a quienes habían salpicado las balas de Junto, coraceros, de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzeé; unos habían seguido a Bonaparte al puente de Lodi; otros habían acompañado a Murat a la trinchera de Mantua, y los demás habían precedido a Lannes en el barranco de Montebello. Todo el ejército de entonces, se hallaba allí, en el patio de las Tullerías, presentando por una escuadra o un pelotón, y custodiando a Napoleón que descansaba. Era la época espléndida en el gran ejército tenía tras de sí a Marengo, y delante a Austerlitz.

-Sire - dijo el ministro del Interior a Napoleón -, ayer vi al hombre más intrépido de vuestro imperio.

- ¿Quién es este hombre? - preguntó bruscamente el emperador - ¿Qué es lo que ha hecho?

- Quiere hacer una cosa, sire.

- ¿Qué cosa?

- Visitar las alcantarillas de París.

Este hombre existía y se llamaba Bruneseau.

 

IV Detalles Ignorados

 

La visita tuvo lugar. Fue una formidable campaña; una batalla nocturna contra la peste y la asfixia. Fue al mismo tiempo un viaje de exploración. Uno de los supervivientes de esta exploración, obrero inteligente, entonces muy joven, relataba aún hace algunos años los curiosos detalles que Bruneseau creyó un deber emitir en su informe al jefe de policía, como indignos del estilo administrativo.

Los procedimientos de desinfección eran muy rudimentarios en esta época. Apenas Bruneseau hubo franqueado las primeras articulaciones de la red subterránea, cuando de los veinte trabajadores, ocho se negaron a seguir adelante. La operación era complicada; la visita, implicaba la limpieza; era preciso, pues, limpiar, y al mismo tiempo fijara cada punto; anotar las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, detallar las ramificaciones, indicar las corrientes en los puntos de división, reconocer las circunscripciones respectivas de los varios depósitos, sondar las pequeñas alcantarillas injertadas a la alcantarilla principal, medir la altura de cada corredor, y el ancho, lo mismo en el arranque que en la bóveda, que en el zampeado; determinar, en fin, las ordenanzas de la nivelación de cada desagüe, ya sea desde el zampeado de la alcantarilla, o desde el piso de la calle.

Adelantaban penosamente. No era raro que las escalerillas de descenso se sumergieran entres pies de fango. Las linternas agonizaban en los miasmas. De vez en cuando, había que llevarse un alcantarillero desvanecido. En algunos sitios, tropezábase con precipicios, y era que el suelo se había hundido, transformándose la alcantarilla en un pozo con el fondo perdido. Nos e encontraba el punto sólido; un hombre desapareció bruscamente, y costó mucho trabajo sacarle. Por consejo de Fourcrey, se encendían de trecho en trecho, en los lugares suficientemente saneados, grandes cajas llenas de estopa embebida de resina. La muralla, de vez en cuando, estaba cubierta de excrecencias deformes, que parecían tumores; la misma piedra parecía enferma en aquel lugar irrespirable.

Bruneseau, en su exploración, procedió de arriba a abajo. En el punto divisorio de los dos conductos de agua del Grand-Hurleur, consiguió leer en una piedra saliente, esta fecha: 1550; aquella piedra señalaba el límite hasta donde había llegado Philibert Delorme, encargado por Enrique II de visitar los caminos subterráneos de París. Esta piedra era la señal del siglo XVI, en la alcantarilla. Bruneseau encontró la mano de obra del siglo XVII, en el conducto de Ponceau, y en el conducto de la calle Vieille-du-Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre 1600 y 1650, y la mano de obra del siglo XVII, en la sección oeste del canal colector, encajado y abovedado en 1740, estaba más agrietada y más decrépitas que la mampostería de la alcantarilla del centro, construida en 1412, época en que el arroyo de agua de Menilmontant fue elevado a la dignidad de gran alcantarillado de París, ascenso análogo al de un campesino que se hubiera convertido en primer ayuda de cámara del rey; algo así como Gros-Jean, transformado en Lebel.

Creyóse reconocer aquí y allá, en particular bajo el Palacio de Justicia, alvéolos de antiguos calabozos practicados en la alcantarilla misma. Horribles in pace. Una argolla de hierro colgaba en una de las celdas. Las tapiaron todas. Algunos descubrimientos, eran rarísimos; entre otros, el esqueleto de un orangután desaparecido del Jardín de Plantes en 1800, desaparición probablemente relacionada con la famosa e incontestable aparición del diablo en la calle de los Bernardins en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo había acabado por ahogarse en la alcantarilla.

Debajo del largo pasillo centrado, que conduce a Arche-Marion, se encontró una canasta de trapero, perfectamente conservada, que dejó admirados a los descubridores. Por todas partes, el cieno, que los alcantarilleros habían ido a manejar con singular arrojo, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata, en pedrerías y monedas. Un gigante que hubiera filtrado la cloaca, hubiera encontrado en su tamiz, la riqueza de los siglos. En el punto de división de los dos empalmes de la calle de Temple, y de la calle Sainte-Avoye, se recogió una singular medalla hugonote en cobre, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la otra un lobo con tiara en la cabeza.

El hallazgo más sorprendente tuvo lugar a la entrada de la Gran Alcantarilla. Esta entrada había estado cerrada en otro tiempo con una reja, de la que sólo quedaban los goznes. De uno de estos goznes pendía una especie de harapo informe y sucio, que sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de hacerse trizas. Bruneseau, acercó su linterna y examinó aquel girón. Era de batista muy fina, y en una de las puntas, menos agostadas que las demás, se distinguía una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima: LAVBESP. La corona era la de un marqués, y las letras significaban Laubespine. Se vino en conocimiento de que se tenía ante los ojos un pedazo del sudario de Marat.

Marat, en su juventud, había tenido amores. Era cuando formaba parte de la casa del conde de Artois en calidad de veterinario. De estos amores con una gran dama, históricamente comprobados, le había quedado aquella sábana; si en calidad de desperdicio o de recuerdo, lo ignoramos. Cuando murió, como fue el único lienzo fino que había en su casa, se le enterró envuelto en él. Las viejas amortajaron para la tumba, en aquel lienzo, teatro un día de voluptuosidades, al trágico Amigo del Pueblo.

Bruneseau pasó adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin tocarlo siquiera. ¿Fue por desprecio o por respeto? Marat merecía ambas cosas. Y además, el destino había impreso allí suficientemente su sello, y no debía mezclarse ninguna mano extraña. Por otra parte es preciso dejar las cosas del sepulcro en el lugar que ellas mismas escogen. En suma, la reliquia era singular. Una marquesa había dormido en ella; Marat se había podrido en ella; había atravesado el panteón para ir a servir de pasto a las ratas de la alcantarilla. Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues había dibujado alegremente Watteau en otro tiempo, había acabado por ser digno de la mirada fija de Dante.

La visita total de muladar de inmundicias subterráneas de París, duró siete años, desde 1905 a 1912. Mientras andaba, Bruneseau designaba, dirigía, y ponía fin a los trabajos considerables; en 1808 bajo el zampeado de Ponceau, y creando en todas partes nuevas líneas, hizo avanzar la alcantarilla en 1809, bajo la calle Saint-Denis, hasta la fuente de los Inocentes; en 1810, bajo la calle Froindmanteau, y bajo la Salpêtrière; en 1811, bajo la calle Neuve-des-Petitss-Pères, bajo la calle del Mail, bajo la calle de l’Echarpe, bajo la plaza Royale; en 1812, bajo la calle de la Paix, y bajo la calzada de Antin. Al mismo tiempo, hacía desinfectar y sanear toda la red. Desde el segundo año, Bruneseau se proporcionó un auxiliar en su yerno Nargaud.

De este modo, la vieja sociedad limpió a principios de este siglo su fondo interior, y vistió de gala su alcantarilla. El aseo ganó en ello.

Tortuoso, lleno de grietas, desempedrado, cuarteado, cortado en hondonadas, zangoloteado por codos extraños, subiendo y bajando sin lógica, fétido, salvaje, feroz, sumido en oscuridad, con cicatrices sobres su baldosas y cuchilladas en sus paredes, espantoso; tal era, vista retrospectivamente, la antigua alcantarilla de París. Ramificaciones en todos los sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes, patas de ganso, estrellas, como en las zapas, callejones sin salida, bóvedas salitrosas, sumideros infectos, rezumo cayendo de los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de esta antigua cripta exuptoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo atravesado de calles, ratonera titánica donde el espíritu creía ver vagar, en medio de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendor, a ese enorme topo ciego: lo pasado.

Esta, lo repetimos, era la alcantarilla de otro tiempo.

 

V Progreso Actual

 

Hoy, la alcantarilla es limpia, fría: sus líneas son rectas, su estilo correcto. Casi realiza el ideal de lo que se entiende en Inglaterra por la palabra "respetable". No se aparta de las reglas es de color grisáceo, está tirada a cordel; íbamos a decir que va de veintiún botón. Aseméjase a un proveedor convertido en consejero de Estado. Se ve en ella casi claro. El fango se porta con decencia.

A primera vista, se le tomaría por uno de esos corredores subterráneos tan comunes antiguamente, y tan útiles para las fugas de los monarcas y de los príncipes, en aquel buen tiempo "en que el pueblo amaba a sus reyes".

La alcantarilla actual es una hermosa alcantarilla; reina en ella el estilo puro; el alejandrino clásico rectilíneo, que, expulsado de la poesía, parece haberse refugiado en la arquitectura, como si quisiera mezclarse en todas las piedras de esta larga bóveda tenebrosa y blancuzca; cada abismo es una arcada; la calle de Rívoli es artística hasta en la cloaca.

Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica que en la zanja que recibe el estiércol de una gran ciudad. Allí, todo debe subordinarse al camino más corto.

La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía en sus informes, no le falta al respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo, son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de atabe. Villón no conocería ya su antigua morada in extremis. Esa red de subterráneos tienen siempre, se supone su inmemorial población de roedores, más numerosa que nunca; de vez en cuando una rata vieja asoma la cabeza por la alcantarilla y examina a los parisienses; pero aun esa inmundicia se domestica, encontrándose satisfecha de su abovedado palacio.

No queda nada de su primitiva ferocidad de la cloaca. La lluvia, que emporcaba el albañal antiguo, lava el moderno. Sin embargo, no hay que fiarse demasiado. Los miasmas la habitan aún. Es antes hipócrita que irreprensible. Por más que se empeñe la prefectura de Policía y la junta de Sanidad, a pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto olorcillo vago y sospechoso, como Tartufo después de la confesión.

Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que el albañal tributa a la civilización, y como, bajo este punto de vista, la conciencia de Tratufo es un progreso, si se compara con el establo de Augias, la alcantarilla de París ha mejorado.

Es más que progreso, es una transformación. Entre la antigua alcantarilla y la actual, media una revolución. ¿Quién ha hecho esta revolución?

El hombre que todo el mundo olvida, y a quien hemos llamado Bruneseau.

 

VI Progreso Futuro

 

La construcción de la alcantarilla de París, no ha sido una obra insignificante. Los últimos diez siglos han trabajado en ella si poder terminarla, como tampoco han podido acabar París. La alcantarilla sigue paso a paso el desarrollo de París. Es, en la tierra, una especie de pólipo tenebroso de mil arterias, que crece debajo al mismo tiempo que la ciudad crece encima. Siempre que la ciudad abre una nueva calle, el albañal alarga el brazo. La vieja monarquía no había construido sino veintitrés mil trescientos metros de alcantarilla; a ese punto había llegado París el 1º de enero de 1806.

Partiendo de esta época, de la que volveremos a hablar luego, la obra ha sido útil y enérgicamente continuada y reformada. Napoléon ha construido (los guarismos no dejan de ser curiosos) cuatro mil ochocientos treinta y seis metros; Luis XVIII, cinco mil setecientos nueve; Carlos V, mil ochocientos treinta y seis; Luis Felipe, ochenta y nueve mil veinte; la República de 1848, veintitrés mil trescientos ochenta y uno; el régimen actual, setenta mil quinientos; total, hasta el presente, doscientos veintiséis mil seiscientos diez metros. Sesenta leguas de alcantarillas; entrañas enormes de París. Ramificación oscura, siempre trabajando, construcción ignorada e inmensa.

Como se ve, el dédalo subterráneo de París es hoy más que el décuplo de lo que era al principio del siglo. Da pena figurarse la perseverancia y los esfuerzos que han sido menester para conducir esta cloaca al punto de relativa perfección en que se encuentra ahora. Con ímprobo trabajo había pedido el viejo prebostazgo monárquico, y en los últimos diez años del siglo XVIII, el corregimiento revolucionario, llegar a construir las cinco leguas de alcantarillado que existían antes de 1806. Obstáculos de todo género trabaron esta operación, unos propios a la naturaleza del suelo, y otros inherentes a los prejuicios mismos de la población laboriosa de París. París esta construido sobre un terreno extrañamente rebelde al pico, al hacha, a la sonda, al manejo humano. Nada tan difícil como perforar y penetrar la formación geológica, a la cual se supone la maravillosa formación histórica llamada París. En cuanto a la mano de obra, bajo una forma cualquiera, se empeña y aventura en este terreno de aluvión, las resistencias subterráneas abundan. Son arcillas líquidas; son manantiales vivos, dura roca, légamo blando y profundo que la ciencia especial designa con el nombre de mostazas. El pico avanza laboriosamente en las capas calcáreas alternadas con hilos de greda muy delgados y capas muy esquistosas de hojas incrustadas de conchas de ostras, contemporáneas de los océanos preadamitas.

Ya es un arroyo que hace reventar de improvisto una bóveda comenzada, e inunda a los trabajadores; ya es una irrupción de marga que se abre camino y se precipita con la furia de una catarata, rompiendo como vidrio los más fuertes maderos. Recientemente, en Villete, cuando fue preciso, sin interrumpir la navegación, ni variar el cauce, hacer pasar la alcantarilla colectora por debajo del canal Saint-Martin, se abrió una grieta en el depósito principal, cayendo de repente el agua en el subterráneo, sin que bastasen las bombas para detener la inundación. Hubo que apelar a un buzo, el cual, con mucho trabajo, logró, al fin, tapar la grieta que estaba en el mismo boquete del depósito.

Cerca del Sena, y también bastante lejos de este río, como, por ejemplo, en Belleville, en la calle grande y el pasaje Lumière, hay arenas sin fondo, donde un hombre puede deslizarse y desaparecer a ojos vistas. Añádase a esto la asfixia causada por las miasmas, los derrumbamientos que sepultan en vida y los hundimientos repentinos. Agréguese también el tifus, del que los trabajadores se impregnan lentamente.

En nuestros días, después de haber abierto la galería de Clichy, con banqueta para recibir una cañería del Ourcq, trabajo ejecutado en zanja, a diez metros de profundidad; después de haber formado la bóveda de la Bievre, desde el bulevar de L’Hopital, hasta el Sena, a pesar de los apuntalamientos, y con ayuda de las excavaciones, muchas veces pútridas, y de los apuntamientos, con objeto de libertar a París de las aguas torrenciales de Montmarter, y dar salida a esta charca fluvial de nueve hectáreas que se corrompía junto a la barrera de los Martyres, construida la línea del la alcantarilla de la barrera Blanche, al camino de Aubervilliers, en cuatro meses, día y noche, a la profundidad de once metros; después de, cosa no vista hasta entonces, haber hecho subterráneamente una alcantarilla en la Barre-du-Bec, sin zanja, a seis metros por debajo del suelo, el conductor Monnet murió. Después de haber abovedado tres mil metros de alcantarillado en todos los puntos de la ciudad, desde la calle Travesière-Saint-Antoine, a la calle Lourcine, después de por medio del empalme de la Arbalete, haber descargado las inundaciones pluviales de la encrucijada Censier-Mouffetard, después de haber construido la alcantarilla Saint-Georges, sobre cimientos de rocas y con hormigón en arenas movedizas; después de haber dirigido el temible descenso de zampeado del ramal de Nôtre-Dame-de-Mazareth, el ingeniero Duleau murió. No hay boletines para estos actos de bravura, más útiles, sin embargo, que la brutal carnicería de los campos de batalla.

Las alcantarillas de París, en 1832, estaban lejos de ser lo que son hoy. Bruneseau había dado el impulso, pero fue preciso el cólera para determinar la vasta reconstrucción que tuvo lugar más tarde. Es sorprendente oír decir, por ejemplo, que en 1821, una parte de la alcantarilla del centro, llamada Grand-Canal, como en Venecia, se corrompía incluso al aire libre, en la calle de las Gourdes. No fue hasta 1823, cuando la ciudad de París encontró en sus bolsillos los doscientos sesenta y seis mil ochenta francos y seis céntimos, necesarios para cubrir semejante inmundicia. Los tres pozos absorbentes de Combat, de la Cunnette, y de Saint-Mandé, con sus abismos, sus aparatos, sus pozos perdidos y ramales depuratorios, no alcanzaban más que a 1863. El muladar de París ha sido hecho de nuevo, y como hemos dicho ya, se ha decuplicado con mucho, de veinticinco años a esta parte.

Hace treinta años, en la época de la insurrección del 5 y 6 de junio estaba aún en bastantes sitios, casi como la alcantarilla antigua. Muchas calles que hoy forman comba, eran entonces calzadas con grietas, a menudo se veía en el punto donde iban a parar las vertientes de una calle o encrucijada, grandes rejas cuadradas y previstas de gruesos barrotes, cuyo hierro lucía bruñido por los pasos de la multitud, peligrosos y resbaladizos para las caballerías de los carruajes.

En 1832, la antigua cloaca gótica mostraba aún cínicamente sus bocas en muchas calles: calle de L’Étoile, calle Saint-Louis, calle Temple, calle Vieille-du-Temple, calle Nôtre-Dame-du-Nazarteth, calle Folie-Mericourt, muelle de las Fleurs, calle de Petit-Musc, calle de Normandie, calle Pont-auz-Biches, calle de los Marais, calle Nôtre-Dame-dos-Victories, faubourg Saint-Martin, faubourg Montmartre, calle Grange-Batelière, calle Jacob, calle Tournon, Champs Elysée. Eran enormes aberturas de piedra, a veces rodeadas de guardacantones, con una imprudencia monumental.

París, en 1806, tenía casi las mismas alcantarillas que en mayo de 1663: cinco mil trescientas veintiocho toesas. Después de Bruneseau, el 1º de enero de 1832, tenía cuatro mil trescientos metros. De 1806 a 1831, se había construido anualmente, una medida de setecientos cincuenta metros; desde entonces se ha construido todo los años, ocho e incluso diez mil metros de galerías, todo de mampostería, con baño de cal hidráulica y cimientos de hormigón. A doscientos francos el metro, las sesenta leguas de alcantarillas del París actual, representan cuarenta y ocho millones.

Además del progreso económico que al principio hemos indicado, asócianse graves problemas de higiene pública a esta inmensa cuestión: las alcantarillas de París.

París está entre dos capas, una capa de agua y una capa de aire. La capa de agua, extendida a una profundidad bastante grande, pero que ha sido sondeada ya dos veces, proviene de la capa de asperón verde situado entre la creta y la calcárea jurásica; esta capa puede representarse por un disco, cuyo radio mida veinticinco leguas. Multitud de ríos y de riachuelos se rezuman allí; en un vaso de agua del pozo de Grenelle, se bebe el Sena, el Marne, el Yonne, el Aisne, el Cher, el Vienne y el Loire. La capa de aguas es salubre, primero viene del cielo, y luego de la tierra; la capa de aire es malsana, procede de las alcantarillas. Todos los miasmas de cloacas se mezclan al aire respirable de la ciudad; de ahí este mal aliento. El aire que se respira junto a un estercolero, y esto ha sido establecido científicamente, es más puro que el aire que se respira en París. En un tiempo dado, con la ayuda del progreso, después que se perfeccione el mecanismo, y que la luz se difunda, se empleará la capa de agua para purificar la capa de aire. Es decir, para lavar la alcantarilla. Se sabe que por lavado de alcantarilla, entendemos, restitución del fango a la tierra; restituir el estiércol al suelo, el abono a los campos. Se conseguirá por este solo hecho, para toda la comunidad social, la disminución de la miseria, el aumento de la salud. Hoy, la irradiación de las enfermedades de París se extiende a cincuenta leguas en derredor del Louvre, tomando éste como centro del círculo contagioso.

Podría decirse que desde hace diez siglos, la cloaca es la enfermedad de París. La alcantarilla es el vicio que la ciudad lleva en la sangre. El instinto popular no se ha engañado nunca. El oficio de alcantarillero, era en otro tiempo casi tan peligroso y tan repugnante, como el oficio de descuartizador, reputado tan horrible durante mucho tiempo, y que se dejaba al verdugo. Necesitábase el incentivo de una paga crecida para que el albañil se decidiese a bajar a este fétido abismo; ponía la escalera de mala gana, y era corriente el dicho: "Bajar a la alcantarilla es como entrar en la fosa". Leyendas de todas clases, según llevamos relatado, cubrían de espanto este vertedero colosal; temible sentina donde aparece la huella, tanto de las revoluciones de los hombre, y en la cual se encuentran vertiginosos de todos los cataclismos, desde las conchas diluvianas, hasta el harapo de Marat.

 

Libro Tercero

El lodo, pero también el alma

I La cloaca y sus sorpresas

 

Era en la alcantarilla de París, donde se encontraba Jean Valjean.

Otra semejanza de París con el mar. Como en el océano, el buzo pudo desaparecer allí.

La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Jean Valjean había salido de ella; y en una abrir y cerrar de ojos, el tiempo de levantar una tapa, y de volverla a colocar, había pasado de la plena luz a la oscuridad completa, de mediodía a medianoche, del ruido al silencio, del torbellino de los truenos, al estancamiento de la tumba, y, por una peripecia aún más prodigiosa que la de la calle Polinceau, del mayor peligro a la seguridad más absoluta.

Caída brusca en una cueva; desaparición en los calabozos de París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se hallaba la muerte, por una especie de sepulcro, donde se hablaba la vida; fue un instante extraño. Permaneció aturdido durante algunos instantes; escuchando, estupefacto. La trampa de salvación, se había abierto súbitamente bajo sus pies. La bondad celeste le había cogido, digámoslo así, por traición. Adorables emboscadas de la providencia.

Entretanto, el herido no se movía, y Jean Valjean no sabía si lo que había traído consigo a aquella fosa, era un vivo o un muerto.

Su primera sensación fue de ceguera. Bruscamente, no vio nada. Le pareció también que en un minuto se había vuelto sordo. Ya no oía nada. El frenético huracán de la matanza que se desencadenaba a algunos pies por encima de él, no lo llegaba, ya lo hemos dicho, gracias al espesor de tierra que le separaba, sino apagado e indistinto, y como un rumor en una profundidad. Lo único que conoció fue que pisaba algo sólido; esto era todo; pero bastaba. Extendió un brazo, luego el otro, y tocó el muro por ambos lados, descubriendo que el corredor era estrecho; resbaló; y descubrió que el embaldosado estaba mojado. Adelantó un pie con precaución, temiendo hallar un agujero, un pozo, algún abismo; descubrió que el pavimento continuaba. Una bocanada de fetidez le advirtió del lugar donde se hallaba.

Al cabo de algunos instantes, ya no estaba ciego. Un poco de luz entraba por el ventanuco por el que se había deslizado, y su mirada se había habituado a aquella cueva. Empezó a distinguir alguna cosa. El corredor donde se había soterrado (no hay otra palabra que exprese mejor la situación), estaba cerrado con pared a su espalda. Era uno de estos callejones sin salida, que el lenguaje especializado llama empalmes. Delante de él, había otra pared, una pared de tinieblas. La claridad del ventanuco expiraba a diez o doce pasos del punto en el que se hallaba Jean Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida a algunos metros de la húmeda pared de la alcantarilla. Más allá, la opacidad era maciza; penetrar en ella parecía horrible, y la entrada semejaba una inmersión.

Sin embargo, podía sumergirse en aquella muralla de bruma, y era preciso que lo hiciera. Jean Valjean pensó que la reja que él había descubierto bajo los adoquines, podía serlo por los soldados, y que todo estaba sujeto a este azar. Podían también ellos bajar al pozo y registrar. No había un minuto que perder. Había dejado a Marius en el suelo; lo recogió, esta es también la palabra justa, lo cargó sobre sus espaldas y se puso en marcha. Entró resueltamente en aquella oscuridad.

La realidad es que estaba menos a salvo de lo que Jean Valjean creía. Peligros de otro género, y no menores, lo aguardaban tal vez. Después del torbellino fulgurante del combate, la caverna de los miasmas y las trampas; después del caos la cloaca. Jean Valjean había caído de un círculo del infierno a otro.

Cuando hubo dado cincuenta pasos, tuvo que detenerse. Le surgió una duda. El corredor desembocaba en otro ramal con el que tropezaba transversalmente. Allí se le ofrecían dos caminos. ¿Cuál de ellos escoger? ¿Era preciso doblar a la derecha o a la izquierda? ¿Cómo orientarse en aquel negro laberinto? Este laberinto, tal como hemos indicado, tiene un hilo: es su pendiente. Seguir la pendiente es ir al río.

Jean Valjean lo comprendió inmediatamente.

Pensó que se hallaba probablemente en la alcantarilla de los Mercados; que si escogía el corredor de la izquierda, y seguía la pendiente, llegaría antes de un cuarto de hora, a alguna embocadura en el Sena, entre el Pont-au-change, y el Pont-Neuf, es decir, que aparecía en pleno día en el punto más concurrido de París. Tal vez en una encrucijada. Los transeúntes al ver salir a dos hombres ensangrentados de la tierra, bajo sus pies, se asustarían. Acudirían a los municipales, luego los soldados del cuerpo de guardia vecino. Y antes de que salieran, se les habría echado ya mano. Era preferible internarse en el dédalo, fiarse de la oscuridad, y encomendarse a la providencia para la salida.

Subió la pendiente, y tomó por la derecha.

Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de oscuridad cayó de nuevo sobre él, y quedóse nuevamente ciego. No por ello dejó de avanzar, y tan rápidamente como podía. Los dos brazos de Marius rodeaban su cuello, y sus pies colgaban a su espalda. Sujetábale los dos brazos con una mano, y tanteaba la pared con la otra. La mejilla de Marius rozaba con la suya, y se pegaba a ella, a causa de la sangre. Sentía correr por encima de él, y penetrar sus vestidos, un arroyo tibio que procedía de Marius. Sin embargo, un calor húmedo en su oreja, que rozaba con la boca del herido, indicaba que respiraba, y por consiguiente vivía. El corredor por el que andaba ahora Jean Valjean, era bastante menos estrecho que el primero. Andaba penosamente. Las lluvias del día anterior no se habían desaguado y formaban un pequeño torrente en el centro del zampeado, de suerte que le era preciso arrimarse a la pared, para no tener los pies en el agua. Así andaba, tenebrosamente. Se parecía a los seres nocturnos que marchan a tientas en lo invisible, perdidos subterráneamente en las venas de la sombra.

No obstante poco a poco, ya sea porque otros respiradores enviaban un poco de claridad flotante a aquella oscuridad opaca, o porque sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad, empezó a entrever algo confusamente: era la pared a que iba arrimando, y la bóveda por debajo de la cual pasaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y acaba por encontrar en ella a Dios.

Era difícil dirigir el rumbo.

El trazado de las alcantarillas, refleja, digámosle así, el de las calles superpuestas. En el París de entonces habían dos mil doscientas calles. Imagínese debajo de esta selva de ramas tenebrosas que se denomina alcantarilla. El sistema de alcantarillado existente en aquella época, colocado punta con punta, hubiera dado una longitud de once leguas. Hemos dichos antes que la red actual, gracias a la actividad especial de los treinta últimos años, no cuenta menos de sesenta leguas.

Jean Valjean empezó por engañarse. Creyó estar debajo de la calle Saint-Denis, y no era así, por desgracia. Existe bajo la calle Saint-Denis una vieja alcantarilla de piedra, que data de Luix XIII, y que va derecha a la alcantarilla colectora, llamada Grand-Egout, con un solo codo, a la derecha, a la altura de la antigua Cour des Miracles, y un solo ramal, la alcantarilla de Saint-Martin, cuyos cuatro brazos se cortan en cruz. Pero el ramal de la Petite-Truanderie, cuya entrada estaba cerca de la taberna "Corinthe", no ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle Saint-Denis; desemboca en la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado Jean Valjean. Ahí abundaban las ocasiones para perderse. La alcantarilla Montmartre es una de las más laberínticas de la vieja red. Felizmente, Jean Valjean había dejado tras de sí la alcantarilla de los Mercados, cuyo plano geométrico presenta una multitud de masteleros de juanetes entretejidos; pero tenía ante él más de un encuentro embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en efecto), ofreciéndose en la oscuridad como un punto de interrogación: primeramente, a su izquierda, la vasta alcantarilla Platière, especie de rompecabezas chino, que conduce a enreda su caos de T y de Z, por debajo de la casa de Postas, y de la rotonda del mercado de granos, hasta el Sena, en donde se termina en Y; en segundo lugar, a su derecha, el corredor en línea curva de la calle de Cadran, con sus tres dientes que son otros tantos callejones sin salida. En tercero, a su izquierda, el empalme del Mail, complicado casi a la entrada, por una especie de horquilla, y yendo a desembocar en zigzag a la gran cripta exutoria del Louvre, partida y ramificada en todos sentidos; por fin, a la derecha, el corredor sin salida de la calle de Jeuneurs, sin contar los pequeños retratos acá y allá, antes de llegar a la alcantarilla del centro, que era la única capaz de conducirle alguna salida bastante lejana, para considerarse segura.

Si Jean Valjean hubiera tenido alguna noción de lo que indicamos aquí, se hubiera dado cuenta enseguida, sólo tanteando la pared, de que no se hallaba en la galería subterránea de Saint-Deniss. En lugar de la vieja piedra de talla, en lugar de la antigua arquitectura, altiva y real hasta la alcantarilla, con zampeado y cimientos de granito, y con mortero de cal gorda, la cual costaba ochocientas libras a la toesa, hubiera sentido bajo su mano la baratura contemporánea, el expediente económico, la piedra de molino con baño de mortero hidráulico sobre una capa de hormigón, que cuesta doscientos francos el metro, la mampostería plebeya, denominada de "pequeños materiales"; pero él no sabía nada de todo esto.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, no viendo nada ni sabiendo anda, sumergido en el azar, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, confesémoslo, cierto horror se apoderaba de él. La sombra que le envolvía, penetraba en su espíritu. Andaba en un enigma. El acueducto de la cloaca es temible; se entrecruza vertiginosamente. Tiene algo de lúgubre verse sumido en este París de tinieblas. Jean Valjean estaba obligado a encontrar y casi a inventar su camino, sin verlo. En aquel paraje desconocido, cada paso que aventuraba podía ser el último. ¿Cómo saldría de allí? ¿Encontraría una salida? ¿La encontraría a tiempo? Aquella colosal esponja subterránea, con alvéolos de piedra, ¿se dejaría penetrar y agujerear? ¿Encontraría algún nudo inesperado de oscuridad? ¿Llegaría a lo inextricable y a lo infranqueable? ¿Moriría Marius a causa de la hemorragia y por el hambre? ¿Acabarían por perderse los dos, y por convertirse en dos esqueletos en un rincón de aquella oscuridad? Lo ignoraba. Se preguntaba todo esto, y no podía responder. El intestino de París es un precipicio. Como el profeta, estaba en el vientre del monstruo.

Bruscamente tuvo una sorpresa. En el instante más inesperado y sin cesar de andar en línea recta, se dio cuenta de que ya no subía; el agua del arroyo le daba en los talones, y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba ahora. ¿Por qué? ¿Iba, pues, a llegar de improvisto al Sena? Aquel peligro era grande, pero el peligro de retroceder, era aún mayor. Continúo avanzando.

Nos se dirigía hacía el Sena. La albardilla que forma el suelo de París, en la orilla derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y la otra en el Grand-Égout. La cresta de esta albardilla, que determina la división de las aguas, dibuja una línea muy caprichosa. El punto culminante, que es el lugar de división de los desagües, está en al alcantarilla de Louvre, cerca de los bulevares, y en la alcantarilla de Montmartre, cerca de los Mercados. Jean Valjean había llegado a este punto culminante. Se dirigía hacia la alcantarilla del centro, y estaba en el buen camino. Pero no lo sabía.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba a tientas los ángulos, y si la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor en que se hallaba, seguía su camino, juzgando con razón, que toda senda más estrecha, le llevaría a un callejón sin salida, lo que equivaldría a alejarse del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Evitó así el cuádruple lazo que tendían en la oscuridad los cuatro laberintos mencionados.

En determinado momento, descubrió que se apartaba del París petrificado por el motín, en el que las barricada habían suprimido la circulación, y que regresaba al París vivo y normal. Oyó súbitamente por encima de su cabeza, como un ruido de trueno lejano, pero continuó. Eran los carruajes que circulaban.

Andaba desde hacía aproximadamente media hora, al menos según el cálculo que había hecho, y aún no había pensado en descansar; sólo había cambiado la mano que sostenía a Marius. La oscuridad era más profunda que nunca, pero aquella profundidad le tranquilizaba.

De repente, vio su sombra delante de él. Se recortaba sobre un débil resplandor rojizo, que teñía vagamente el zampeado y al bóveda, y que resbalaba a derecha e izquierda, por las dos paredes viscosas del corredor. Se volvió, asombrado.

Tras él, en la parte del corredor que acababa de traspasar, a una distancia que le pareció inmensa, resplandecía, rayando el espesor oscuro, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombra estrella de la policía que se alzaba en al alcantarilla. Detrás de aquella estrella, se movían confusamente ocho o diez formas negras, rectas, vagas, y horribles.

 

II Explicación

 

El día 6 de junio se dispuso una batida de las alcantarillas. Temíase que fuesen tomadas como refugio por los vencidos, y el prefecto Gisquet tuvo que registrar el París oculto, mientras que el general Bugeaud barría el París público; doble operación que exigió una doble estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército, y abajo por la policía. Tres pelotones de agentes y alcantarilleros, exploraron el muladar subterráneo de París; el primero, la orilla derecha; el segundo, la orilla izquierda, y el tercero la cité.

Los agentes iban armados con carabinas, mecanas, espadas, y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Jean Valjean, era la linterna de la ronda de la orilla derecha.

Esta rama acababa de visitar la galería curva y los tres callejones sin salida que se encuentran debajo de la calle de Cadran. Mientras la ronda registraba estos callejones, Jean Valjean había encontrado en su camino la entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo principal, no había penetrado en ella. Había seguido adelante. Los hombres de la policía, al salir de la galería del Cadran, habían creído oír un ruido en la dirección de la alcantarilla del centro. Eran, en efecto, los pasos de Jean Valjean. El sargento jefe de la ronda había alzado su linterna, y la patrulla se había puesto a mirar en la bruma, hacia el lado de donde procedía el ruido.

Fue para Jean Valjean, un minuto indecible.

Felizmente, si él veía bien la linterna, la linterna le veía mal a él. Ella era la luz, y él era la sombra. Estaba muy lejos, y confundido en el fondo oscuro del subterráneo. Se arrimó a la pared, y se detuvo.

Por lo demás, no se daba cuenta de lo que se movía detrás de él. El insomnio, la falta de alimento, las emociones, le habían hecho pasar a él también al estado de visionario. Veía un resplandor, y junto a este resplandor, larvas. ¿Qué significaba aquello? No lo comprendía.

Al detenerse Jean Valjean, había cesado el ruido.

Los hombres de la ronda escuchaban, y no oían, miraban y no veían. Se consultaron.

En aquella época, había en aquel punto de la alcantarilla Montmartre una especie de encrucijada llamada "de servicio", que se ha suprimido, a causa del pequeño lago interior que se formaba en ella, por las aguas pluviales en las recias tormentas. La ronda pudo agruparse en esta encrucijada.

Jean Valjean vio aquella especie de larvas, que formaban como un semicírculo. Aquellas cabezas de dogos, se acercaban, y cuchicheaban.

El resultado de este consejo celebrado por los perros de guardia, fue que se habían engañado, que no había habido ruido, que allí no había nadie, que era inútil internarse en las alcantarillas del centro, y que sería perder el tiempo, ya que era preciso apresurarse hacia Saint-Merry, pues si había algo que hacer, y algún "bousingot" (republicano) que rastrear, era en aquel barrio.

De vez en cuando, los partidos echan nuevas suelas a sus antiguas injurias. En 1832, la palabra "bousingot", era el punto intermedio entre la palabra jacobino, ya olvidada, y la palabra demagogo, casi inusitada entonces, y que después ha prestado un servicio tan excelente.

El sargento dio la orden de doblar a la izquierda, hacia la vertiente del Sena. Si se le hubiera ocurrido dividir en dos la patrulla, y marchar en sentidos opuestos, Jean Valjean habría caído en sus manos. Esto pendió de un hilo. Es probable que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de un combate, y suponiendo a los insurgentes en gran número, prohibiesen a la ronda fraccionarse. La ronda se puso de nuevo en marcha, dejando tras de si a Jean Valjean. De todo este movimiento, Jean Valjean no percibió más que el eclipse de la linterna, que se ocultó repentinamente.

Antes de marcharse, el sargento, para tranquilidad de su conciencia de policía, descargo su carabina del lado que abandonaban, en dirección a Jean Valjean. La detonación rodó de eco en eco en la cripta como el borborigmo de aquella tripa titánica. Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo, e hizo chapotear el agua a algunos pasos de Jean Valjean, le advirtió de que la bala había dado en la bóveda situada por encima de su cabeza.

Pisadas medida y lentas, resonaron por algún tiempo en el zampeado, cada vez más amortiguadas a medida que se aumentaba la distancia; enseguida, el grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló, bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció. El silencio volvió a ser profundo, la oscuridad completa, la ceguera y la sordera se posesionaron otra vez de las tinieblas, y Jean Valjean, sin atreverse aún a moverse, permaneció largo tiempo arrimado a la pared, con el oído tenso y las pupilas dilatadas, mirando alejarse aquella patrulla de fantasmas.

 

III El Hombre Perseguido

 

Es necesario decir, en justicia, que la policía de aquel tiempo, aún en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín era, a sus ojos, un pretexto para aflojar la rienda a los malhechores y para descuidar la sociedad por la razón de que el Gobierno estaba en peligro. El servicio ordinario se hacía correctamente a través del servicio extraordinario, y sin resentirse lo más mínimo. En medio de un incalculable acontecimiento político, ya empezado, bajo la presión de una posible revolución, no distraído por la insurrección ni la barricada, el agente seguía la pista del ladrón.

Precisamente algo parecido a esto sucedía en la tarde del 6 de junio a orillas del Sena, en la ribera izquierda, un poco más allá del puente de los Inválidos. Hoy ya no hay allí ribera. El aspecto de aquellos parajes ha cambiado. En este ribazo, dos hombres, separados por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. El que iba adelante, trataba de alejarse, y el que iba detrás, trataba de aproximarse.

Era como una partida de ajedrez que se jugaba desde lejos y silenciosamente. Ninguno de los dos parecía apresurarse, y andaban ambos lentamente, como si cada cual temiese, apresurándose demasiado, que su compañero avivase el paso.

Hubiérase dicho un apetito tras una presa, son mostrar intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba sobre aviso.

Eran observadas las proporciones debidas entre la garduña perseguida, y el perro perseguidor. El que procuraba eclipsarse tenía mal traza y una figura raquítica; y el que quería echarle el guante, gallardo, de elevada estatura, y duro aspecto, denotaba ser sumamente huraño.

El primero, sintiéndose más débil, evita al segundo; pero él evitaba de un modo profundamente furioso; los que hubieran podido observarle de cerca, habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y la amenaza del miedo.

El ribazo se encontraba desierto; nadie pasaba por allí; ni siquiera el barquero, o el descargador de las chalanas amarradas acá y allá.

No se podía distinguir bien a aquellos hombres, sino desde el muelle del frente, y para quien les hubiera examinado a esta distancia, el hombre que iba adelante, hubiera aparecido como un se erizado, harapiento y oblicuo, inquieto y tiritando bajo una blusa remendada, y el otro como un personaje clásico y oficial, con la levita de la autoridad, abrochada hasta la barba.

El lector reconocerá a estos dos hombres se les viera más de cerca.

¿Cuál era el objeto del último?

Probablemente suministrar al primero ropa de abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado, persigue a un hombre vestido de harapos, es con el objeto de convertirle en hombre vestido también por el Estado. Sólo que la cuestión está en el color. Ir vestido de azul, es glorioso; ir vestido de rojo, es agradable.

Hay un púrpura que procede de abajo.

Sin duda, algún disgusto y alguna púrpura de este género es lo que el primero deseaba esquivar.

Si el otro le permitía ir delante, y no se apoderaba aún de él, según todas las apariencias, era como la esperanza de verle dirigirse a alguna cita significativa y hacia algún grupo que fuese buena presa. A esta operación delicada, se la llama "la persecución".

Lo que hace posible esta conjetura, es que el hombre de levita abrochada, divisando desde el rivazo un coche de alquiler que iba vacío, hizo señas al cochero; el cochero comprendió, y conociendo evidentemente con quien se las había, cambió de dirección, y se puso a seguir poco a poco, desde lo alto del muelle, a aquellos dos hombres. De esto no se apercibió el personaje de mala traza que caminaba delante.

El coche iba junto a los árboles de los Camps-Eysées. Por encima del parapeto, se veía pasar el busto del cochero, con la fusta en la mano.

Una de las instrucciones secretas de la policía, a los agentes, contiene este artículo: "Tener siempre al alcance, un carruaje de alquiler, por si se necesita".

Maniobrando cada cual por su parte, con una estrategia irreprensible, acercábanse a aquellos dos individuos a una rampa del muelle que descendía hasta el ribazo, y permitía a los cocheros, a su vuelta de Passy, llevar al río los caballos para que bebiesen. Esta rampa se ha suprimido después por exigirlo la simetría; los caballos revientan de sed, pero se recrea la vista.

Era de suponer que el hombre de la blusa, subiría por la rampa, con el fin de intentar evadirse en los Camps-Elysées, lugar provisto de árboles, pero en revancha, muy frecuentado por agentes de policía, y donde el otro hallaría fácilmente quien le ayudase.

Este punto del muelle, dista muy poco de la casa traída de Moret a París, en 1824, por el coronel Brack, y llamada casa de Francisco I. Un cuerpo de guardia está muy cerca da allí.

Con gran sorpresa del que observaba, aquel hombre no tomó por la rampa del abrevadero. Continúo avanzando por el ribazo junto al muelle.

Evidentemente, su posición se iba poniendo muy crítica.

A menos que se arrojase al Sena ¿Qué iba a hacer?

Ya no había forma de volver a subir al muelle; ni rampa, ni escalera; y estaban muy próximos al lugar señalado por el ángulo del río hacia el puente Iena, en donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en lengua delgada, y se perdía debajo del agua. Allí iba a encontrase inevitablemente bloqueado entre la pared cortada a pico a su derecha, el río a la izquierda enfrente, y la autoridad tras sus talones.

Es cierto que el final del ribazo, estaba oculto a la vista por un montón de escombros de seis a siete pies de altura, producto de no se sabe que demolición. Pero, ¿esperaba aquel hombre poderse ocultar en un sitio, donde, para descubrirle, bastaba dar la vuelta al montón? El medio hubiera sido pueril. Ni podía pensar en ello, pues la conciencia de los ladrones no llega a tanto.

Aquella aglomeración de ruinas, formaba un borde de agua una especie de eminencia que se prolongaba en promontorio hasta la muralla del muelle.

El hombre perseguido, llegó a esta pequeña colina, y la dobló, de manera que dejó de ser visto por el otro.

Este último, al no ver, no era visto; aprovechó el momento para dejar a un lado todo disimulo, y se puso a caminar con rapidez. Pronto estuvo junto a los escombros, y dio la vuelta al montón. Allí se detuvo estupefacto. El hombre a quien perseguía no estaba allí.

Eclipse total del hombre de la blusa.

El ribazo apenas contaba, desde el montón de escombros, unos treinta pasos; sumergíase luego en el agua que se estrellaba contra la muralla del muelle.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muro, sin que le viese su perseguidor. ¿Qué había hecho pues?

El hombre de la levita abrochada, avanzó hasta el extremo del ribazo, y permaneció un momento pensativo, con los puños apretados y registrándolo todo con los ojos. De repente, se golpeó la frente. Acababa de descubrir, en el punto en que terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro ancha y baja, cintrada, y provista de una enorme cerradura y de tres goznes macizos. Esta reja, especie de puerta practicada en al parte inferior del muelle, daba al río, lo mismo que al ribazo. Un arroyo negruzco pasaba por debajo. Aquel arroyo, desaguaba en el Sena.

Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes, se distinguía una especie de corredor abovedado y oscuro.

El hombre cruzó los brazos, y contemplo la reja con aire de reproche. Como no bastaba mirar, trató de empujarla, la sacudió y la reja resistió tenazmente. Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido alguno, cosa rara, tratándose de una reja tan llena de herrumbre; en todo caso, no quedaba duda de que la había vuelto a cerrar; y esto probaba que la persona ante quien había girado aquella puerta, tenía, no una ganzúa, sino una llave.

Esta evidencia asaltó el espíritu el hombre que se esforzaba en violentar la reja, pues prorrumpió indignado en el siguiente epíteto:

- ¡Esto pasa de la raya! ¡Una llave del Gobierno!

Luego, tranquilizándose inmediatamente, expresó todo un mundo interior de ideas, con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente: - ¡Vaya!, ¡vaya!, ¡vaya!, ¡vaya!

Luego, esperando no se sabe si ver salir al de la blusa, o entrar otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la paciente rabia del perro de presa.

Por su parte, el carruaje de alquiler, que seguía todas sus evoluciones, se paró junto al parapeto. El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni de dos minutos, ató el saco de avena al hocico de sus caballos; ese saco, es muy conocido por los parisienses, a quienes los gobiernos, sea dichos de paso, suelen ponérselos. Las pocas personas que atravesaban el puente de Iena, volvían la cabeza para mirar un momento aquellos aditamentos inmóviles del paisaje, el hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.

 

IV También él lleva su cruz

 

Jean Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no volvió a detenerse. Esta marcha era cada vez más laboriosa. El nivel de las bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y seis pulgadas, y ha sido calculada para la estatura de un hombre; Jean Valjean se veía obligado a doblarse para que Marious no diese contra la bóveda; a cada instante era preciso bajarse, luego enderezarse, y tantear sin cesar el muro. La humedad de las piedras, y la viscosidad del zampeado, eran malos puntos de apoyo, tanto para la mano como para el pie. Tropezaba en el horrible estercolero de la ciudad. Los reflejos intermitentes de los respiraderos no aparecían sino a muy largos intervalos, y tan pálidos que el sol a su esplendor, se tomaba por la luna. Lo demás era niebla, miasma, opacidad.

Jean Valjean tenía hambre y sed; sed sobretodo; y allí, como en el mar, había abundancia de agua, que no se puede beber. Su fuerza, que era prodigiosa como se sabe, y muy poco disminuida con la edad, gracias a su vida casta y sobria, empezaba sin embargo a flaquear. Le sobrevenía la fatiga, y a medida que perdía su vigor, aumentaba el peso de la carga. Marius, muerto tal vez, pesaba como pesan los cuerpos inertes. Jean Valjean le sostenía de modo que su pecho quedase holgado, y que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía entres sus piernas, el rápido deslizar de las ratas. Una de ellas se asustó hasta el punto de querer morderle. De vez en cuando llegaban hasta él, ráfagas de aire fresco, procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le infundían nuevos ánimos.

Podrían ser las tres de la tarde, cuando llegó a la alcantarilla del centro.

Al principio se sorprendió por aquel ensanchamiento súbito. Se encontró bruscamente en una galería, cuyas paredes no podía tocar con las manos extendidas, y bajo una bóveda a la que no llegaba su cabeza. El Grand Egout (Gran alcantarilla), tiene, en efecto, ocho pies de ancho y siete de altura. En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con Gran Égout, otras dos galerías subterráneas de la calle Provence y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías, uno menos sagaz hubiera vacilado. Jean Valjean tomó la más ancha, es decir, la alcantarilla del centro. Pero aquí se le planteaba de nuevo la pregunta: ¿subir o bajar? Pensó que la situación apremiaba, que era preciso, a todo trance, ganar el Sena. En otros términos, bajar. Dobló a la izquierda.

Fue una suerte para él. Pues sería un error creer que la alcantarilla del centro tiene dos salidas, una hacia Bercy, y otra hacia Passy, y que es, como indica su nombre, el centro subterráneo del París de la orilla derecha. El Gran Égout, que no es, preciso es recordarlo, otra cosa que el antiguo arroyo Menilmontant, desemboca, si se le remonta, en un callejón sin salida, es decir, en su antiguo punto de partida, que fue su origen, al pie del cerrillo Menilmontant. No tiene comunicación directa con el ramal que recoge las aguas de París, a partir del barrio Popincourt, y que desemboca en el Sena por la alcantarilla Amelot, más arriba de la antigua isla de Louvier. Este ramal que completa la alcantarilla colectora, se halla separado de ella, bajo la misma calle Menilmontant, por su macizo, que indica el punto de división de las aguas río abajo y río arriba. Si Jean Valjean hubiera remontado la galería, hubiera llegado después de mil esfuerzos, agotado de fatiga, a las tinieblas, a una pared. Estaría perdido.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de Filles-du-Calvarie, con la condición de no titubear en la pata de ganso subterránea de la encrucijada Boucherat, y tomando el corredor Saint-Louis, luego volviendo a la derecha y evitando la galería Saint-Sebastien, hubiera podido ganar la alcantarilla Amelot, y de ahí, con tal de no extraviarse en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir al Sena, junto al arsenal. Pero para ello, hubiera sido preciso conocer a fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora de la alcantarilla. Ahora bien, debemos insistir en ello, no sabía nada de este laberinto terrible en que se encontraba; y si le hubieran preguntado dónde se hallaba hubiera respondido que en la noche.

Su instinto le guió perfectamente. Bajar, era, en efecto, la única salvación posible.

Dejó a su derecha los dos corredores que se ramifican en forma de garra bajo la calle Laffitte y Saint-George, y el lago corredor bifurcado de la calzada de Antin.

Un poco más allá de un afluente que era, al parecer el ramal de la Madeleine, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva. Jean Valjean con la suavidad de movimientos que tendría un hermano para con su hermano herido, dejó a Marius sobre la banqueta de la alcantarilla. El rostro ensangrentado del joven, apareció a la luz pálida del respiradero como si estuviera en el fondo de una tumba. Tenía los ojos cerrados los cabellos pegados a las sienes, como pinceles secos de color rojo, las manos colgantes y muertas, los miembros fríos, la sangre coagulada en las comisuras de los labios. Un coágulo de sangre se había formado en el nudo de la corbata; la camisa se introducía en las heridas, y el paño del vestido, rozaba las cortaduras de la carne viva. Jean Valjean, rasgó su camisa, vendó las heridas también como pudo, y detuvo la sangre que manaba; luego, inclinándose en aquella media luz sobre Marius que seguía sin conocimiento y casi sin respiración, le miró a la dudosa claridad con un odio indecible.

Al desabrochar los vestidos de Marius, encontró en los bolsillos dos cosas, el pan que había olvidado desde la víspera, y la cartera de Marius. Se comió el pan y abrió la cartera. En la primera página, encontró las cuatro líneas escritas por Marius. Como se recordarán decía:

"Me llamo Marius Pontmercy. Lleven mi cadáver a casa de mi abuelo, el señor Gillenormand, calle Filles-du-Calvarie, n. 6, en el Marais."

Jean Valjean leyó a la luz del respiradero, aquellas cuatro líneas, y permaneció un momento como absorbido en sí mismo, repitiendo a media voz: "Calle Filles-du-Calvarie, número seis, señor Gillenormand". Guardó la cartera en el bolsillo de Marius. Como había comido había recuperado sus fuerzas; volvió a cargar a Marius sobres su hombro derecho, y reemprendió su bajada por la alcantarilla.

La alcantarilla grande, dirigida según el thalweg del valle de Menilmontant, tiene cerca de dos leguas de longitud. Está pavimentada en la mayor parte de su trayecto.

La antorcha del nombre de las calles de París, con que mostramos al lector la marcha subterránea de Jean Valjean , no la poseía este. No sabía ni la zona que atravesaba, ni el camino que había andado. Solo por la palidez creciente de los rayos de luz que de tanto en tanto le alumbraban, veía que el sol se retiraba del empedrado, y que el día no tardaría en declinar; y el rodar de los coches por encima de su cabeza que se había convertido de continuo en intermitente, y luego había cesado, le indicó que no estaba ya bajo el centro de París, y que se acercaba a alguna zona solitaria, cerca de los bulevares exteriores o de los muelles extremos.

Donde hay menos casas y calles, la alcantarilla tiene menos respiraderos. La oscuridad se iba condensando alrededor de Jean Valjean. No por ello dejó de avanzar, a tientas en la sombra.

Aquella sombra tomó bruscamente un carácter terrible.

 

V En la arena, como en la mujer, hay cierta finura que es pérfida

 

Sintió que entraba en el agua, y que tenía debajo de los pies, no baldosas, sino cieno.

Sucede a veces, en ciertas costas de Bretaña o de Escocia, que un hombre, viajero o pescador, caminando durante la marea baja por el arenal, a alguna distancia de la orilla, se da cuenta súbitamente que desde hace algunos minutos, camina penosamente. La playa está como resinosa bajo sus pies; se pega a ella la suela de los zapatos; no parece arena, sino liga. La arena está perfectamente seca, pero a cada paso, desde que ha levantado el pie, el hueco que deja se llena de agua. La vista por lo demás, no ha observado cambio alguno. La inmensa playa está tranquila, toda la arena tiene el mismo aspecto, nada diferencia el suelo que es sólido, del suelo que no lo es; la alegre nubecilla de los pulgones de mar, continúa saltando tumultuosamente sobre los pies del paseante. El hombre sigue su ruta, siempre hacia adelante, pisando con fuerza, y procurando acercarse a la costa. No está inquieto. ¿Por qué había de estarlo? Solo siente como si a cada paso aumentara la pesadez de sus pies. Bruscamente se hunde. Se hunde dos o tres pulgadas. Decididamente no va por el buen camino; se detiene para orientarse. De repente mira hacia sus pies. Sus pies han desaparecido. La arena los cubre. Retira sus pies de la arena, quiere volver sobre sus pasos, retrocede, y se hunde más. La arena le llega al tobillo. Con un esfuerzo se arranca, y se lanza hacia la derecha, la arena le llega hasta media pierna, se lanza a la izquierda, y la arena le llega a las corvas. Entonces se da cuenta con indecible terror que está atrapado en las arenas movedizas, en este medio espantoso, donde no puede caminar el hombre, ni nadar el pez. Arroja su fardo si lo lleva, se aligera, como un navío a punto de zozobrar, pero ya no llega a tiempo, la arena le alcanza ya la rodilla.

Llama, agita su sombrero o su pañuelo, la arena sube cada vez más; si el arenal está desierto, si la tierra está demasiado lejana, si el banco de arena con su mala fama ahuyenta a los transeúntes, todo ha terminado, y está condenado a sepultarse en la arena. Esta condenado a este terrible hundimiento largo, infalible, implacable, imposible de retrasar ni de adelantar, que dura horas, que no termina; que le coge de pie, libre, en plena salud, y tira de él hacia abajo, que, a cada esfuerzo que hace, a cada grito que lanza, le atrae hacia sí un poco más, que parece castigar su resistencia, aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra, dejándole tiempo sobrado para mirar al horizonte, a los árboles, a la verde campiña, al humo de las aldeas en la llanura, a las velas de los navíos en el mar, a los pájaros que vuelan y cantan, al sol, al cielo. Este hundimiento es el sepulcro que se hace marea, y sube desde el fondo de la tierra hacia un ser viviente. Cada minuto es una sepultura inexorable. El miserable trata de sentarse, de tenderse, de arrastrarse; todos los movimientos que hace, le entierran, se incorpora, se hunde; se siente tragado; grita, implora, clama a las nubes, se retuerce los brazos, se desespera. Helo ahí, con la arena hasta el vientre, la arena alcanza ya el pecho: ya no es más que un busto. Alza las manos, lanza gemidos furiosos, crispa sus uñas sobre la arena, quiere asirse a aquella ceniza, se apoya sobre los codos para arrancarse de aquel estuche resbaladizo, solloza frenéticamente; la arena sube. La arena alcanza los hombros, la arena alcanza el cuello; solo la cara queda visible ahora. La boca grita, la arena la llena; silencio. Los ojos miran aún, la arena los cierra; oscuridad. Luego la frente se sumerge, la cabellera se estremece sobre la arena; sale una mano, agujerea la superficie de la sábana de arena, se mueve, se agita, y desaparece. Siniestro eclipse de un hombre.

Algunas veces el caballero se hunde con su caballo, algunas veces el carretero se hunde con la carreta; todo zozobra en la arena. Es el naufragio fuera del agua. Es la tierra que ahoga al hombre. La tierra penetrada del océano, se convierte en trampa. Se ofrece como una llanura, y se abre como una ola. El abismo tiene estas traiciones.

Esta fúnebre aventura, siempre posible en tal o cual playa del mar, lo era también, hace treinta años, en la alcantarilla de París.

Antes de los primeros trabajos importantes, empezados en 1833 el laberinto subterráneo de París, estaba sujeto a hundimientos imprevistos.

El agua se infiltraba en ciertos terrenos subyacentes, en sumo grado desmoronables; el zampeado, fuese de baldosa, como en las alcantarillas antiguas, o de cal hidráulica y hormigón, como en las nuevas galerías, careciendo ya de punto de apoyo, cedía. Y en un piso de esta clase, ceder es rajarse, es hundirse. El zampeado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se formaba, boca de un abismo de cieno, tenía en lenguaje técnico el nombre de fontis. ¿Que viene a ser un fontis? Es la arena movediza de las orillas del mar que se encuentra de repente bajo tierra; es el arenal del monte Saint-Michel, en una alcantarilla. El suelo humedecido, esta como en fusión; todas sus moléculas están en suspensión en un medio blando; no es tierra ni es agua. La profundidad algunas veces es muy grande. No hay nada tan terrible como semejante encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, a causa de la inmersión; si la tierra domina, la muerte es lenta, verificándose por hundimiento.

¿Concíbese el horror de una muerte por el estilo?; si el desaparecer es espantoso en la arena del mar, ¿que no se hará en la cloaca? En lugar del aire libre de la claridad del día, del brillante horizonte, del ruido de esas nubes que esparcen vida, de estos barcos que se ven de lejos, de la esperanza bajo todas las formas, de los probables transeúntes, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de todo esto, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, una fosa ya abierta, la muerte en el fango bajo una tapa, la sofocación lenta por la inmundicia, una caja de piedra en donde la asfixia abre su garra en el fango, y os coge por la garganta; la fetidez unida estertor; el fango en lugar de la arena, el hidrógeno sulfurado, en lugar del huracán, la basura en lugar del océano. ¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de agitarse, de agonizar, con esta enorme ciudad encima, ajena a todo!

¡No cabe horror que supere al de morir así! La muerte halla aveces la compensación de su atrocidad en cierta dignidad terrible. Se puede se grande en la hoguera y en el naufragio; es posible una actitud sublime, tanto en medio de las llamas, como en medio de las olas; allí al abismarse, hay transfiguración. Pero aquí no. La muerte es sucia. Es humillante expirar. Las supremas visiones flotantes son abyectas. Barro es sinónimo de vergüenza. Es pequeño, feo infame. Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, está bien; en la fosa del pocero como Escoubleau, es horrible.

Debatirse allí dentro, es asqueroso; al mismo tiempo que se agoniza, se chapotea. No hay bastantes tinieblas para que esto sea el infierno. Ni bastante fango para que sea un lodazal, y el moribundo no sabe si va a convertirse en espectro, o si va a convertirse en sapo.

En todas partes, el sepulcro es siniestro; aquí es deforme.

La profundidad del fontis, variaba, y también su longitud y su densidad, en razón de la mejor o peor calidad del subsuelo. Aveces un fontis tenía la profundidad de tres o cuatro pies, y otras veces de ocho a diez; en algunas ocasiones, no se encontraba el fondo. El barro es casi aquí sólido, y allá casi líquido. En el fontis Lunière, un hombre hubiera tardado un día en desaparecer, mientras que hubiera sido devorado en cinco minutos por el lodazal de Phelippeaux. El fango sostiene más o menos, según es más o menos denso. Un niño se salva o un hombre se pierde. La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. Arrojar el saco con herramientas, o la banasta, o el cubo, era lo primero que hacía el alcantarillero cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies.

Los fontis procedían de diferentes causas; enfriamiento del suelo; algún derrumbamiento a profundidad fuera del alcance del hombre; los violentos chaparrones de verano; la oleada incesante del invierno; la lluvia menuda y continua. A veces el paso de las casas de los alrededores sobre un terreno margoso o arenosos hacía ladearse las bóvedas de las galerías subterráneas; o bien sucedía que el zampeado estallaba y se abría con el terrible empuje. De este modo, el aplanamiento del Pantheon, destruyó hace un siglo, parte de las bóvedas de las cuevas de la montaña Sainte-Geneviève.

Cuando una alcantarilla se hundía bajo al presión de las casas, el desorden, en ciertas ocasiones, se traducía en la calle por una especie de grietas, como dientes de sierra entre los adoquines; estas grietas formaban una línea serpenteante en toda la longitud de la bóveda hendida, y entonces, al quedar visible el mal, podía remediarse pronto. Sucedía también que el destrozo interior, no se revelaba por ninguna hendidura por el exterior. En este caso ¡pobres alcantarilleros! Al entrar sin precaución en la alcantarilla, podían perderse en ella. Los antiguos registros hacen mención de algunas desapariciones de esta clase, y hasta citan los nombres de las víctimas; entre otros, el de un alcantarillero que desapareció en el hundimiento debajo de la calle de Careme-Prenant, llamado Blaise Poutrain; este Blaise Poutrain era hermano de Nicolás Poutrain que fue el último sepulturero del cementerio llamado Osario de los Inocentes en 1785, época en que este cementerio tuvo fin.

Sucedió una cosa análoga al joven y elegante vizconde de Escoubleau, del cual acabamos de hablar, que fue uno de lo héroes del sitio de la Lérida, donde se dio el asalto con medias de seda y una banda de violines a la cabeza. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su prima, la duquesa de Sourdis, se ahogó en el hundimiento de la alcantarilla Beautreillis, en donde se había refugiado para escapar del duque. La duquesa de Sourdis, cuando le contaron esta muerte, pidió su pomo y se olvido de llorar a fuerza de respirar sales. En tales casos, no hay amor que resista al aliento de la cloaca. Hero se niega a lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa la nariz delante de Príamo, y dice "¡Puá!".

 

VI El cenagal

 

Jean Valjean se encontraba en presencia de un abismo de cieno.

Este tipo de derrumbamientos, era entonces frecuente en el subsuelo de los Camps-Elysées, difícilmente manejaba a los trabajos hidráulicos, y poco conservador de las construcciones subterráneas a causa de su excesiva fluidez. Esta fluidez sobrepasa la inconsistencia de las arenas mismas del barrio Saint-Georges, que para ser vencidas han necesitado cimientos de roca sobre hormigón, y capas gredosas infectadas por el gas del barrio de Martyrs, tan líquidas, que no hubieran podido pasarse por debajo de la galería del mismo nombre, sino mediante un tubo de fundición. Cuando en 1836 se demolió en el faubourg Saint-Honoré, para reconstruirlo, el viejo alcantarillado de piedra, donde vemos ahora a Jean Valjean, la arena movediza que constituye el suelo interior de los Camps-Elysées, hasta el Sena, se opuso, e hizo durar la operación seis meses, con gran escándalo de los ribereños que tienen palacios y carruajes. Las obras, además de difíciles, fueron peligrosas. Aunque es verdad que hubieron cuatro meses y medio de lluvia, y tres crecidas del Sena.

El cenagal que encontró Jean Valjean provenía del chaparrón de la víspera. El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había producido un estancamiento de agua fluvial. Siguió la infiltración y luego el derrumbamiento. El zampeado, dislocado, se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué longitud? Era imposible decirlo. La oscuridad era allí más espesa que en cualquier otra parte. Era un agujero de lodo, en una caverna de noche.

Jean Valjean sintió que empedrado desaparecía bajo sus pies. Entró en aquel fango. Había agua en la superficie, y légamo en el fondo. Era preciso pasar. Volver sobre sus pasos, resultaba imposible. Marius estaba expirante, y Jean Valjean extenuado. ¿Dónde ir? Jean Valjean siguió adelante. Tanto más, cuanto el hoyo parecía poco profundo en los primeros pasos. Pero a medida que iba avanzando, sus pies se hundían cada vez más. Pronto el cieno le llegó a media pierna, y el agua por encima de las rodillas. Andaba, y con los brazos levantados, sostenía a Marius sobre el agua. El cieno le llegaba ahora a las corvas, y el agua a la cintura. Ya no podía retroceder.

Hundíase cada vez más, y aquel fango, bastante denso para el peso de un hombre, no podía sostener dos. Trabajo había costado a Marius y a Jean Valjean salir de allí, aun aisladamente. Jean Valjean continuó avanzando, con aquel moribundo, que tal vez era un cadáver, a cuestas.

El agua le llegaba a las axilas; sentía que iba zozobrar; apenas podía moverse en el hoyo de cieno donde estaba. La densidad, que era el sostén, era también el obstáculo. Seguía sosteniendo a Marius por encima del agua, y con esfuerzos inauditos continuaba adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no quedar visible sino la cabeza y los brazos que sostenían al joven. En los antiguos cuadros del diluvio, hay una madre que sostiene así a su hijo.

Todavía se hundió un poco más; para liberarse del agua, y poder respirar, echaba hacia atrás la cara. Quien le hubiese visto en aquella oscuridad, habría creído ver una mascara flotante en la sombra. Divisaba vagamente por encima de él, la cabeza colgando y el rostro lívido de Marius; hizo un esfuerzo desesperado, y lanzó el pie hacia adelante. El pie tropezó con una cosa sólida. Un punto de apoyo; ya era hora.

Se incorporó y se enraizó con una especie de furia sobre aquel punto de apoyo. Esto le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir de nuevo a la vida.

Este punto de apoyo, que el fango le ofreció en el momento supremo, era el principio de la otra vertiente del zampeado, que había cedido sin romperse, y se había doblado sobre el agua como una tabla de una sola pieza. Los enlozados bien construidos forman una bóveda, y tienen esta clase de firmeza. Este fragmento de zampeado, sumergido en parte, pero sólido, era una verdadera rampa, y una vez en aquella rampa, estaría salvado. Jean Valjean subió por aquel plano inclinado, y llegó al otro lado del cenagal.

Al salir del agua, tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Pensó que aquello era justo, y permaneció allí algún tiempo con el alma abismada en una oración a Dios.

Se incorporo tiritando, helado, infecto, doblado bajo el peso del moribundo que llevaba a hombros, chorreando fango, y con el alma inundada de una extraña claridad.

 

VII Algunas veces se naufraga, a punto de desembarcar

 

Púsose otra vez en camino.

Por lo demás, aunque no dejó la vida en el cenegal, parecía haber dejado su fuerza. Aquel supremo esfuerzo lo había agotado. Su cansancio era ahora tal, que cada tres o cuatro paso tenía que detenerse para tomar aliento, apoyándose en la pared. Una vez, tuvo que sentarse en la banqueta, para cambiar la posición de Marius, y creyó que iba a quedarse allí. Pero si el vigor había muerto en él, no así su energía. Se levantó.

Caminó desesperadamente, casi deprisa; anduvo de este modo unos cien pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar casi, y de repente tropezó con la pared. Había llegado a un ángulo de la alcantarilla con la cabeza baja, y de ahí el choque. Alzó los ojos, y en el extremo del subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió una claridad. Esta vez no era la claridad terrible; era la claridad buena y blanca, era el día.

Jean Valjean veía la salida.

Una alma condenada, que en medio de las llamas divisase de repente la salida del infierno, experimentaría lo que experimento Jean Valjean. Volaría desatinadamente con sus quemadas alas, hacia la puerta. Jean Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Marius, recobró sus piernas de acero, y se puso a correr más bien que a caminar. A medida que se acercaba, la salida se dibujaba cada vez más claramente. Era un arco cintrado, menos alto que la bóveda que iba decreciendo gradualmente, y menos ancha que la galería, que se estrechaba al mismo tiempo que la bóveda baja. El túnel concluía en forma de embudo; estrechamiento vicioso, imitado en las prisiones, ilógico en una alcantarilla, y que luego ha sido recogido.

Allí se detuvo.

Era la salida, pero no podía salir.

El arco estaba cerrado por una especie de reja, que según las apariencias giraba pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujeta al dintel de piedra por una cerradura gruesa, la cual, llena de herrumbre, parecía un enorme ladrillo. Se veía el orificio de la llave, y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura estaba visiblemente cerrada con dos vueltas. Era una de las cerraduras de las bastillas, que el viejo París prodiga muy a menudo.

Al otro lado de la reja, el aíre libre, el río, el día, el ribazo muy estrecho, pero suficiente para marcharse, los muelles lejanos, París, este abismo donde es tan fácil esconderse, el basto horizonte, la libertad. Se distinguía a la derecha, río abajo, el puente de Iena, y a la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos; el lugar hubiera sido propicio para esperar la noche y evadirse. Era uno de los puntos más solitarios de París; el ribazo enfrente del Gros-Caillou. Las moscas entraban y salían a través de los barrotes de la reja.

Deberían ser las ocho y media de la tarde. El día iba a desaparecer.

Jean Valjean colocó a Marius junto a la pared, en la parte seca del zampeado, luego se acercó a la verja, y crispó sus dos puños sobre los barrotes; la sacudida fue frenética, pero la conmoción nula. La reja no se movió. Jean Valjean fue probando los barrotes, uno tras otro, esperando poder arrancar el menos sólido, y hacer de él una palanca para levantar la puerta, o para romper la cerradura. Pero ningún barrote se movió. Los dientes de un tigre, no están tan sólidos en su alvéolo. El obstáculo era invencible. No había medio alguno de abrir la puerta.

¿Todo debía terminar allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar? En cuanto a retroceder, en cuanto a desandar el trayecto terrible que había recorrido ya, no se sentía con fuerzas para ello. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel lodazal, del que había escapado por milagro? Y pasado el cenegal, ¿no estaba allí la ronda de la policía, de la cual no podría librarse por segunda vez? Además, ¿adónde iría? ¿qué dirección tomaría? Seguir la pendiente, no era llegar al fin propuesto. Llegaría a otra salida, y la encontraría obstruida con otra reja. Todas las salidas estaban indudablemente cerradas de aquel modo. La casualidad había abierto la reja por la cual había entrado, pero evidentemente, todas las demás bocas de la alcantarilla estaban cerradas. Solo había logrado evadirse hacía una prisión.

Todo había terminado. Todo lo que había hecho Jean Valjean era inútil. Dios se lo negaba.

Estaban cogidos ambos en al sombría e inmensa tela de la muerte, y Jean Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las tinieblas, la espantosa araña.

Volvió la espalda a la reja, y cayó sobre el suelo, cerca de Marius que seguía inmóvil. Hundió luego la cabeza entre las rodillas. No había medio de salir. Era la última gota de la angustia.

¿En qué pensaba en aquel profundo abatimiento? Ni en sí mismo ni en Marius, pensaba en Cossete.

Otras lecturas