Prólogo literario a un libro científico


Gabriel García Márquez presenta el libro ‘El cerebro y el mito del yo’, del doctor Rodolfo Llinás, “sobre el papel de las neuronas en el pensamiento y el comportamiento humanos”

Conocí a Rodolfo Llinás hace unos diez años, en Bogotá, cuando formábamos parte de un grupo de pedagogos colombianos convocados por el gobierno para intentar una reforma orgánica de la educación. Acepté sin autoridad ni convicción, sólo por no parecer contrario a una iniciativa del presidente César Gaviria, y al buen ejemplo de veinte compatriotas bien escogidos. Me animaba además la esperanza de que los resultados disiparan mis dudas congénitas sobre la enseñanza formal.

Al término de dos semanas me pareció que habíamos hecho un trabajo meritorio, pero lo más importante para mí -como escritor- fue lo mucho que había aprendido en mis conversaciones marginales con Llinás, y haber llegado a la conclusión de que teníamos en común la desmesura de nuestros propósitos personales. Para mí, que no tengo la formación ni la vocación, fue una oportunidad más de preguntarme cómo he podido ser el escritor que soy, sin las bases académicas convencionales ni los milagros que sólo pueden vislumbrarse con los recursos sobrenaturales de la poesía. Para Llinás, en cambio, fue una ocasión más de comprobar en carne viva su inspiración científica, su inteligencia encarnizada y la certidumbre de que el ser humano terminará por ser de veras el rey de la creación, pero sólo si encontrábamos un camino muy distinto del que habíamos seguido hasta entonces.

Desde nuestra primera conversación nos sorprendió comprobar que mucho de lo que él y yo tenemos en común nos viene de nuestros abuelos -el paterno suyo y el materno mío-, que nos inculcaron una noción de la vida que más parecía un método práctico para desconfiar de la realidad y sólo admitir como cierto lo que tiene una explicación básica. Llinás había vivido esa primera experiencia cuando quiso y no pudo entender cómo funcionaba el fonógrafo. Su abuelo, que lo enseñó a leer antes de la edad convencional, había estado preso en alguna de las tantas guerras del siglo XIX y había aprendido en la cárcel las artes de relojero. No sólo le mostró cómo se enrollaba la cuerda y cómo iba desenrollándose para cumplir su destino, sino que le conseguía toda clase de juguetes mecánicos sólo para que los abriera y los desbaratara hasta entender cómo funcionaban por dentro. Sus alumnos gozaban con el esplendor de sus ejemplos, sobre todo los que tenían que ver con sus experiencias de siquiatra. Para que entendieran sin duda alguna cómo eran los ataques epilépticos se tiraba en el suelo en plena clase y los fingía con tal dramatismo que algunos llegaron a temer que fueran ciertos. Murió cuando el nieto era muy joven, como lo era yo cuando murió mi abuelo, y ambos los recordábamos y hablábamos de ellos como si continuaran vivos.

Fue un salto prodigioso en la vida de Llinás, pues hasta entonces no había hecho más que gambetas para eludir el mundo que los mayores trataban de inculcarle a la fuerza y sin explicaciones, porque se negaba a aceptar lo que no entendía. A mí me sucedía lo mismo a esa edad, y fui el desencanto de la familia, hasta que un inspector del gobierno me hizo una serie de pruebas que me pusieron a salvo con el diagnóstico caritativo de que yo era tan inteligente que parecía muy bruto. Lo mismo decían de Llinás, cuya primera experiencia fue en una escuela montesoriana con maestras beatas y seis niñas un poco mayores que él. “Fui el niño mal ejemplo”, le he oído decir a menudo. Se aburría tanto en las clases, que su padre lo autorizó para que no volviera, aunque le señaló la importancia de persistir aunque fuera por la importancia de aprender cómo eran los otros niños.

Lo más difícil para él era tal vez la religión católica cuyos dogmas tenían que aprenderse de memoria sin entenderlos. Lo exasperaba que le prohibieran hablar en misa si no molestaba a nadie. No concebía que las bendiciones llegaran a los fieles, si eran echadas al aire por un sacerdote que no miraba a nadie, pues en su lógica pura no debían lanzarse al azar, sino con ciertas dimensiones geométricas para que llegaran adonde el oficiante se proponía. Por estas y otras muchas razones las clases de religión sólo le sirvieron para poner en duda la existencia de Dios, porque nadie supo cómo explicárselo, ni lo ayudaron a descifrar el rompecabezas teológico de que tres personas distintas fueran en realidad un solo Dios verdadero.

Era tal su soledad en el mundo, que uno de sus amigos condiscípulos le contó años después cuánto lo odiaban en la escuela porque se iba en la bicicleta a comprar dulces en la tienda de la esquina, mientras sus condiscípulos agonizaban esperando el recreo en las clases de aritmética. Fue una edad feliz para él pero necesitó tres escuelas distintas para aprobar a duras penas los primeros tres años.

A partir de entonces su vida se dividió entre los maestros con quienes no se entendía, y los que respondían y despejaban sus dudas con naturalidad. Entre éstos, su padre, un médico tan comprensivo como su abuelo, que lo matriculó en el Gimnasio Moderno en su natal Bogotá. Allí tuvo la buena suerte de ser enseñado por ilustres maestros como Ernesto Beim que llegó a Colombia desde Alemania, y José Prat, que llegó de España.
Cuando ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana graduado de bachiller en el Gimnasio, Llinás volvió a encallar con el aprendizaje de la anatomía por la parsimonia del método. El solo estudio de la osteología tardaba más de dos meses, de modo que en la disección del cuerpo humano se consumían dos años enteros. Sin embargo, los cadáveres de estudio se mantenían intactos en el anfiteatro mientras los alumnos tenían que memorizar doscientas páginas de teoría sin comprobarlas en la práctica. Desesperado, Llinás convenció al celador para que se hiciera el de la vista gorda mientras él y tres compañeros de curso se colaban a media noche por las ventanas del anfiteatro, con sus instrumentos quirúrgicos y el libro de anatomía. A toda prisa abrieron como un camisón la piel del cadáver, lo limpiaron de las grasas y lo dejaron listo para estudiar y tomar notas de cada una de sus partes antes de que saliera el sol, y sin las peroratas del maestro.

Los que encontraron el esqueleto pelado en la mesa de disección sólo pudieron entenderlo como una trapisonda del demonio. Se pensó en llevar al arzobispo para exorcizar la casa, pero en la fiebre del escándalo, Llinás el temerario y sus alegres muchachos confesaron la falta, y la justificaron con razones tan sabias que se la perdonaron sin castigo. Con el tiempo, el episodio fue un buen precedente para cambiar los métodos de la disección, y el asaltante mayor pudo terminar su año con calificaciones distinguidas.

Otra de sus instancias cruciales, ya adolescente, fue cuando viajó a los Estados Unidos como médico recién graduado para iniciar los estudios primarios de neurocirugía. No sólo lo consiguió, sino que se enfrentó con los cirujanos que trepanaban al paciente bajo anestesia local, y le operaban el cerebro sin la precaución caritativa de taparle los oídos para que no oyera los comentarios crudos que hacían entre ellos sobre los pormenores de la operación. Quizás fue entonces cuando concibió la urgencia de observar la función del cerebro sin destapar la cabeza, algo que él mismo ayudó a desarrollar años después: el magneto-encefalógrafo, un aparato milagroso que mide la actividad nerviosa del ser humano sin destapar la cabeza, y que quizás podría servir para descubrir en qué lugar del cerebro se engendran los presagios.

En Australia, donde hizo su doctorado en fisiología, Llinás se empeñó en el estudio de las células nerviosas con el deseo de entender las enfermedades cerebrales que entonces no podían curarse. Y mucho más con su creatividad voraz. Sin embargo, su lucha continúa con lo que ha sido siempre el tema central de nuestras conversaciones: cómo es que pensamos y qué es ser conscientes. Él, como científico, y yo, como escritor, ansiamos que el ser humano aprenda por fin a entenderse a sí mismo, que es un tema científico eminente cuya belleza se confunde con la poesía. “El cerebro es una máquina para soñar”, ha dicho él. Es el órgano maestro que en realidad revela la verdad de las cosas: cuáles son verdes y cuáles son rojas, por ejemplo, pues en el mundo no existen los colores como los percibimos y apreciamos, sino ciertas frecuencias que interpretamos como colores. Lo mismo que el dolor que nos producen las espinas. “¿Pero es que fuera de mi cuerpo existe el dolor?”, se pregunta el mismo Llinás en voz baja. “No: es una invención de mi cuerpo para ponerme en guardia contra el dolor que él mismo ordena y puede reproducir durante el sueño y casi con la misma claridad”. En realidad, ver, oír y sentir son propiedades del cerebro que los sentidos limitan y ordenan. De allí podemos vislumbrar dos planteamientos esenciales: cómo es que pensamos y qué es ser conscientes, y la única manera de entender el mundo en que vivimos es que empecemos por fin a entendernos a nosotros mismos.

Ésa es la esencia de El cerebro y el mito del yo, este libro maestro en el que Rodolfo Llinás propone la tesis casi lírica de que el cerebro, protegido por la coraza del cráneo, ha evolucionado hasta el punto de trasmitirnos imágenes del mundo externo que -a diferencia de las plantas arraigadas- nos permiten movernos en libertad sobre la tierra. Más asombroso aún: son ensueños regidos por los sentidos en la oscuridad y el silencio absolutos, que al ser elaborados por el cerebro se convierten en nuestros pensamientos, deseos y temores. O -como pudo decirlo Calderón de la Barca- es el milagro racional de soñar con los ojos abiertos.

Hace unos meses, cuando Llinás me habló por primera vez de este libro, lo encontré tan radiante por la madurez de sus conclusiones, que me atreví a provocarlo con la pregunta de siempre: “Y entonces, ¿en qué punto estamos?”. Y él me contestó con una convicción muy suya:
-Ya es bastante saber que la realidad es un sistema vivo y que hemos llegado al punto prodigioso de saber que somos parte de él.
Ansioso, me atreví a arriesgar una última provocación creativa:
-¿Pero no te parece que todavía es un poco descorazonador?
-Tal vez -me contestó impávido-, pero ahora empezamos a tener el consuelo irrebatible de que quizás sea la verdad.
Yo, romántico insaciable, fui por una vez más lejos que él, con la certidumbre de que termine por descubrir algo que existe más allá de nuestros sueños: en qué lugar del cerebro se incuba el amor, y cuál será su duración y su destino.

Gabriel García Márquez
Enero, 2003

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