El País de la Canela


A medida que descendíamos el río iba cambiando, aunque más bien debería decir que el río inicial nos había arrojado a otro más grande, éste a su vez a un tercero inmenso, y cada semana teníamos la sensación de estar en otro río, en otro mundo. El cauce que navegábamos se había ensanchado de modo considerable, pululaba a sus lados una vegetación más y más desconocida. Las hojas en las ramas parecieron crecer sin cesar; las arboledas, que se cerraban tanto al comienzo sobre la orilla que por largas extensiones desaparecían la playa, ahora se apartaban, dejando al mundo convertido en un desierto de agua iluminada. Las selvas prietas en la distancia formaban una sola cosa con su reflejo, y daban la ilusión de que había sólo una larga franja de bosques flotando en el cielo.

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Las selvas uniformes a lo lejos producen la ilusión de que todo es idéntico, y los eternos días del viaje parece uno solo. Pero en la memoria cada hora tiene su pájaro, cada minuto un pez que salta, un rugido de bestia invisible, un tambor escondido, el silbo de una flecha. Resbalando por esos días prolongados, donde el bullicio de la selva parece contenido por un gran silencio cóncavo que lo diluye todo, pudimos observar que los ríos que desembocan en la gran corriente tenían colores distintos. Ríos amarillos como si arrastraran comarcas de arena, ríos verdes que parecen haber macerado y diluido arboledas enteras, ríos rojos como si hubieran gastado montañas de arcilla, ríos transparentes como si avanzaran por cavernas de roca viva, ríos negros que parecen traer toda la herrumbre de grandes talleres de piedra. Unos bajan rugiendo en avalancha, llenos de los tributos de la selva, otros vienen lentos pero poderosos como si bajo sus aguas nadaran criaturas formidables, y otros vienen tan remansados que casi ni se atreven a entrar en el caudal inclemente que todo lo devora y lo asimila. Yo me quedaba horas mirando ese río hecho de ríos, preguntándome cuántos secretos de mundos que no podía imaginar iban disolviéndose en una sola cosa, ciegas y eterna, que  resbalaba sin saber a dónde, llevándonos también en su ceguera a la disolución y al olvido.

Descendimos más de ocho meses por aquel caudal que crecía. Y ahora puedo decirte que, después de vivir mucho tiempo en su lomo, uno acaba por confundir su vida con la vida del río. Al comienzo somos seres totalmente distintos, pero después hay que estar vigilando sus movimientos, anticipar su cólera en las tempestades, adivinar la respuesta que dará a cada  lluvia, ver en las aguas quietas si se preparan avalanchas, oír la respiración de los temporales y sentir el aliento del río en esa humedad que lo llena todo, que se alza como niebla en las mañanas, que pesa como un fardo al mediodía y que baña con lodo vegetal las tardes interminables. Al final, uno es ya esa serpiente sobre la que navega, llevado por su origen, recibiendo la vida de los otros y llevado por su origen, recibiendo la vida de los otros y manteniendo el rumbo sin saber lo que espera en el siguiente recodo.

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Cumplía su oficio de capitán: daba a nuestros espíritus un equivalente de la mínima alimentación que había que brindar cada día a nuestros cuerpos. Tiempo después nos confesó que mucho de lo que dijo en la parte más desesperada del viaje era invención. Le resultó oportuno tener a ese indio de lengua desconocida para mantener en alto la moral de la tropa. Y al final de aquel viaje todo el barco vivió de sus inventos. Yo, que lo sospechaba, hice lo posible por creerle y casi lo logré en mi impaciencia. No sólo disipábamos temores sino que hasta alcanzamos a soñar con las riquezas que íbamos dejando a nuestro paso, que habían esperado bastante y todavía tendrían que esperarnos quién sabe cuánto más.

De repente, todo cambió.

Una mañana, antes de que se iniciara la charla ritual de Orellana con el indio, empezó a oírse en la distancia el sonido real de una cascada. Cuando el viento cambiaba de dirección el murmullo desaparecía, sólo para reaparecer un poco más intenso. Orellana alzó los brazos, como apartando lianas en el aire, e intentó refutar otra vez el rumor de que íbamos rumbo al precipicio, pero también él oyó el ruido, y sintió alguna especie de miedo porque no logró ya disimularlo ante nosotros. El bullicio fue creciendo con las horas. Ya en la noche era una evidencia abrumadora que a cada paso nos hacía sentir vecinos del despeñadero, y nadie intentó siquiera dormir, porque el fin de todas las cosas estaba allí, aguardándonos. Fue como si estuviéramos oyendo en la noche la respiración de una bestia mitológica hacia cuyas fauces corríamos sin remedio. El ruido no paró de crecer esa noche, y todo el día siguiente, y toda la noche siguiente, de modo que al final los marinos rezaban a grandes voces, confesando sus pecados, pidiendo perdón a Dios por sus culpas, encomendándole sus parientes lejanos, y en un momento ya no se oían las confesiones y los credo de todos en medio de ese estruendo de aguas enloquecidos que crecía como si estuviéramos en medio de una tempestad todopoderosa, aunque nada se había modificado físicamente en torno nuestro.

Lo que vimos a la distancia, al amanecer del día siguiente, fue más desconcertante: allá, al fondo, donde todos temíamos ver aparecer la extensión vacía del precipicio, lo que se alzaba era un gran muro blanco. El agua se agitó de un modo extraño y de repente nos pareció que hasta el río quería retroceder. Súbitamente nos vimos en medio de  una turbulencia incomprensible, venían olas de fango, venían olas de escombros, avalanchas de vegetación, barrancos a la deriva bajo los vientos furiosos, aguas encontradas, cadáveres de animales arrastrados por la creciente, y los dos barcos nuestros, el solemne bergantín español y la nave de locos que lo seguía como sigue un escudero a su paladín perdido en la batalla, eran un par de cascarones extraviados en una tempestad.

En medio de los bandazos de la nave nuestras pocas pertenencias fueron arrastradas de la cubierta por la avalancha, y allí se perdieron las últimas ropas, las armas y las más cuidadas reliquias. Hasta la carta de mi padre, que siempre había conservado con fervor, y la copa de oro de fray Gaspar, fueron arrebatadas por la corriente. Sentí que estábamos a punto de naufragar, que después de tantas angustias y esperas, llegaba la hora final. Nos perdíamos de vista, convencidos de que la otra barcaza, desguazada, había zozobrado sin remedio, pero de pronto la veíamos sobreaguar todavía, pobre hoja combatida por el temporal, y nos ahogábamos en la lluvia fangosa del río, y nada podíamos hacer contra los poderes de la inmensidad, cuando alguno de los compañeros gritó de pronto que el barro que estaban probando sus labios era agua salada.

Entonces, perdidos en medio de la corriente y doblegados bajo la furia de los elementos, todos comprendimos que el muro blanco que se nos había atravesado no era el estrado del juicio final sino una muralla de espuma y que el estruendo de diez mil elefantes que nos había envuelto por días era el forcejeo de dos titanes, el río desmesurado y el océano imposible, y de repente, mojados e incrédulos, mareados y enfermos y locos de alegría, estábamos hundiendo nuestras manos heridas e hinchadas en el resplandor de las olas del mar.

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La sal del mar se confundió en nuestros labios con la sal de lágrimas, porque ninguno de nosotros tenía verdadera confianza en que pudiéramos escapar a ese río infinito que nos había arrastrado ocho meses como un embrujo. Y una cosa fue tocar el mar y otra cosa salir verdaderamente a sus aguas abiertas, porque la ola que se forma en la desembocadura se retuerce más agónica que una serpiente, y a veces avanzábamos y a veces estábamos otra vez a merced de los remolinos. Entramos en las aguas azules, arrastrados aún por la fuerza del río, porque en el momento en que triunfa, el río sigue siendo río mucho trecho en el mar. Y el primer tramo de la travesía por las aguas grandes estuvo lleno de pasmo y de perplejidad. Parecían milagros, y claro que lo eran, el resplandor del día abierto, el hervor de la espuma, el vuelo deleitable de las gaviotas sobre los cascarones maltratados de nuestros barcos. La inmensidad ya no tenía para nosotros el sabor del encierro. Viramos al oeste, siguiendo una lejana línea de costas, y sin contar horas ni días, con la ilusión de que temprano o tarde nos iba a socorrer una tierra poblada por cristianos. Por ahora no sabíamos dónde estábamos, cuán al sur ni cuán al oeste nos había llevado la serpiente de meandros infinitos, ni cuántos reinos habíamos dejado atrás en la telaraña de las selvas impenetrables. No teníamos cartas ni aguja, y hubo que hacer velas de nuevo, esta vez con las últimas mantas que nos quedaban en los barcos.

Mirábamos con vaga curiosidad los litorales misteriosos a nuestra izquierda, mundos desconocidos que no pensábamos explorar, en una navegación de cabotaje que apenas reclamaba la difusa certeza de ir siguiendo la costa, sin aproximarnos a ella, como si temiéramos a la tierra firme, y es que la temíamos realmente, porque el prolongado cautiverio en la selva nos hacía temer que la tierra  pudiera atraparnos de nuevo, llevarnos otra vez a su náusea y su infierno. A veces, incluso, veíamos gentes: grupos de nativos perfilándose en los acantilados, diminutas hileras de seres inmóviles mirando con aprensión los barcos nunca vistos, y los dejábamos atrás como sueños del día, embriagados ahora por el viento libre del mar mientras las pobres velas raídas se hinchaban de ese viento grande y luminoso bajo el que procurábamos avanzar buscando solamente lo conocido.

El País de la Canela, págs. 211, 151, 263, 269
William Ospina
Norma, La otra orilla, Bogotá, 2008, 368 p.

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