El bus de las 6:30


Se detiene a recoger los últimos pasajeros que lo abordan en el cruce de la avenida El Poblado con la calle 30. Para ese momento no sobran sillas vacías ni hay espacio para nadie más de pie. Son en su mayoría hombres que descenderán del bus en grupos de dos o tres en cada paradero a lo largo de la Milla de Oro. Que es más de una milla y además tachonada de diamantes, que no son más que las gotas de sudor de estos hombres, ya cristalizadas. La última gota vertida por cada cual es muy peculiar porque una vez cae ¡oh ironía! se convierte en el cerrojo que impide la entrada a esa edificación de quien la suda. Viajan silenciosos, ensimismados, cada uno sumergido en sus propias ilusiones. Salvo una pareja que, más que conversar, trama, susurra. Murmura en privado. Ocupan sillas contiguas. Ella la de la ventana entreabierta, él, con camisa verde chillón, la del pasillo. Sin duda todos los pasajeros tomaron su ducha matinal, muchos mechones de cabello brillan aún y denuncian la reciente inmersión helada. Pero aun así se percibe el sudor varonil de algunos hombres musculosos que debieron caminar largos trechos antes de abordar el bus. Todos llevan, colgando unos, terciados otros, maletines o morrales que ocultan sus envoltorios con almuerzos energéticos. Sobre un costado de sus bolsos lucen monogramas publicitarios de artículos y productos tan variados como los insumos de las obras donde trabajan. Bordados o impresos que también adornan las gorras que usan algunos de ellos. Éstos son los hombres que construyen a Colombia. Les amo a todos ellos. Con la misma intensidad que el hombre de la camisa verde ama a su pareja según se proclama a gritos silenciosos cuando él, solo, desciende del bus e intercambian miradas cómplices por última vez a través del vidrio que les alcahuetea. La de ella es esa mirada inconfundible, dulce y segura, de la mujer que se siente, más allá que deseada, amada. Su postrer suspiro le delata: se siente amada… y deseada. Este gratificante encuentro se renueva cada mañana en el bus de las 6:30. Con certeza.

 Francisco Jaime Mejía G.

Abril 2004

Otras lecturas