Audiencia de adjudicación de la construcción del nuevo puente de piedra de Kingsbridge

Kingsbridge, Inglaterra, agosto de 1337


 

La reunión tuvo lugar en la sede del gremio, en la calle principal. Exteriormente el edificio se componía de un zócalo de mampostería y una superestructura de madera con una cubierta de teja en la que asomaban dos chimeneas de piedra. En el sótano se encontraba la gran cocina donde se preparaba la comida para los banquetes, además de una celda y el despacho del alguacil. La planta principal era tan espaciosa como una iglesia de treinta metros de largo por nueve de ancho. En un extremo había una capilla. Al ser la cámara principal tan grande y como salía demasiado caro construir el techo con maderos lo bastante largos para abarcar una  distancia de nueve metros y, además, resultaba demasiado difícil encontrar maderos de esas características, el espacio se había dividido con unos pilares de madera dispuestos en fila que sostenían las vigas.

Era en apariencia un edificio sin pretensiones, construido con los materiales que solían utilizarse en las moradas más humildes; no había sido hecho para glorificar a nadie. Sin embargo, tal como Edmund solía decir, el dinero que los miembros de la cofradía ganaban podría servir para pagar todas las majestuosas vidrieras y muros de piedra caliza de la catedral. Además, la sede resultaba muy cómoda a pesar de su modestia. Las paredes estaban adornadas con tapices y las ventanas con vidrieras, y dos enormes hogares aseguraban una cálida temperatura durante el invierno. Cuando el negocio era próspero, la comida que se servía era digna de la realeza.

La cofradía gremial había sido constituida varios siglos atrás, cuando Kingsbridge no era más que una pequeña población. Unos cuantos mercaderes se habían asociado con el fin de reunir dinero y comprar ornamentos para la catedral. Sin embargo, siempre que los hombres de buena posición económica comían y bebían juntos acababan hablando de sus motivos comunes de preocupación y así, la recaudación de fondos no había tardado en convertirse en un tema secundario con respecto a la política. Desde el principio, en la cofradía gremial predominaban los laneros, y por eso en un extremo del vestíbulo se exhibía una enorme balanza y una pesa equivalente a la medida estándar de un costal de lana: ciento sesenta y cinco kilos. Según Kinsbridge había ido creciendo, aparecieron gremios de otros oficios, como carpinteros, albañiles, cerveceros u orfebres. No obstante sus miembros más destacados también entraron a formar parte de la cofradía gremial, que seguía ostentando la hegemonía. Se trataba de una versión más modesta del gremio de mercaderes que dominaba la mayor parte  de las ciudades inglesas y que en Kisngsbridge había sido prohibido por su dueño y señor: el priorato.

Merthin nunca había asistido allí a ninguna reunión ni a ningún banquete pero había entrado en varias ocasiones para resolver asuntos más prosaicos. Le gustaba levantar la cabeza y examinar la compleja geometría de los maderos del techo, una verdadera lección sobre cómo todo el peso de una extensa techumbre podía reposar sobre una exigua cantidad  de pilares de madera de poco grosor. A la mayoría de los elementos les encontraba el sentido, sin embargo había una o dos piezas que le parecían superfluas e incluso perjudiciales, pues transmitían peso a las arcas menos sólidas. Eso sucedía porque nadie sabía con certeza como se sostenían en pie los edificios. Los maestros constructores trabajaban gracias a su instinto y su experiencia, pero a veces se equivocaban.

Esa tarde Merthin se encontraba en un estado de gran inquietud, estaba demasiado nervioso para apreciar el maderamen. El gremio estaba a punto de juzgar su proyecto del puente; éste superaba con mucho al de Elfric, pero  ¿se darían cuenta?

Elfric había contado con la ventaja de disponer del enyesado para dibujar. Merthin podía haberle pedido permiso a Godwyn para utilizarlo también pero, al temer un nuevo acto de sabotaje por parte de Elfric, había ideado otro plan. Había sujetado una gran lámina de pergamino a un marco madera y había trazado en él su dibujo a pluma. Ahora eso podía  suponerle una ventaja, pues había llevado consigo el proyecto a la sede del gremio. De ese modo los miembros de la cofradía podrían juzgarlo con el dibujo delante, mientras que para calificar el de Elfric no tendrían mas remedio que recurrir a la memoria.

Colocó el armazón con el dibujo a la entrada del vestíbulo, sobre una estructura de tres patas que había diseñado expresamente para la ocasión. Todos lo examinaban a medida que iban llegando, a pesar de haberlo visto por lo menos una vez durante los últimos días. También habían acudido al taller para ver los planos de Elfric. Merthin estaba convencido de que la mayoría prefería su proyecto, pero sabia que algunas personas eran rehacías a un muchacho frente a un hombre con experiencia. Muchos habían reservado su opinión.

El murmullo fue haciéndose más intenso a medida que muchos hombres y pocas mujeres fueron llenando la cámara. Para asistir a las reuniones del gremio, la gente se engalanaba igual que para ir a la iglesia: los hombres llevaban caros abrigos de lana a pesar de la suave temperatura veraniega y las mujeres lucían unos peinados elaboradísimos. Aunque todo el mundo hablaba por hablar de lo poco fiables y lo inferiores que eran en general las mujeres, el hecho era que varias pertenecían a la parte de la ciudadanía más rica e importante. Allí estaba la madre Cecilia, sentada en primera fila junto a su ayudante personal, una monja a quien llamaban Julie la Anciana. Caris también se encontraba presente, pues todo el mundo sabía que era el brazo derecho de Edmund. A Merthin lo invadió un deseo insoportable cuando la muchacha tomó asiento a su lado en el banco y rozó con su cálido muslo el de él. Todo ciudadano que ejercía un oficio debía pertenecer a un gremio, y a los forasteros sólo les estaba permitido comerciar los días de mercado. Incluso los monjes y los sacerdotes se veían obligados a asociarse si querían comerciar, y muchos lo hacían. Cuando un hombre moría, su viuda solía continuar con el negocio. Betty Baxter regentaba la panadería más próspera de la ciudad; Sarah Taverner estaba al  frente de la posada Holly Bush. Habría resultado difícil y muy cruel impedir que mujeres así se ganaran el sustento, era mucho más fácil aceptarlas  en el gremio.

Edmund solía presidir las reuniones, desde el gran sitial de madera colocado sobre una tarima en la parte delantera de la cámara. Sin embargo, ese día sobre el estrado había dos asientos. Edmund ocupó uno de ellos y cuando llegó el prior Godwyn, lo invitó a acomodarse en el otro. Godwyn asistió acompañado de todos los monjes de mayor antigüedad y Merthin se alegró de que entre ellos figurara Thomas. También Philemon formaba parte del séquito. Presentaba un aspecto torpe y desgarbado y Merthin se preguntó por un instante qué motivo habría impulsado a Godwyn a llevarlo consigo.

Godwyn parecía afligido. Al inaugurar el acto, Edmund se ocupó de dejar claro que el responsable del puente era el prior y que la elección del proyecto le correspondía a él en última instancia. Sin embargo,  todo el mundo era consciente de que Edmund le había arrebatado la decisión de las manos al convocar la reunión. Si se producía un consenso claro a Godwyn le resultaría muy difícil contravenir la voluntad expresa de los mercaderes en una cuestión más relacionada con el comercio que con la religión. Edmund le pidió a Godwyn que diera inicio al acto con una plegaria y éste lo complació a pesar de ser consciente de que el hombre lo había superado con su táctica, motivo por el cual ponía cara de vinagre.

Edmund se puso en pie y anunció:

—Elfric y Merthin han calculado respectivamente el presupuesto de  estos dos proyectos y ambos han utilizado el mismo método.

—Pues claro, él lo aprendió de mí —interpuso Elfric.

Se oyó una cascada de risas por parte de los asistentes de mayor edad. Era cierto. Existían fórmulas para calcular el coste de cada metro cuadrado de obra, de cada centímetro cúbico de relleno, de cada metro de un techo y de cosas más complicadas como arcos y bóvedas. Todos los maestros constructores utilizaban los mismos métodos, aunque con pequeñas variaciones. El cálculo del coste del puente resultaba complicado pero más fácil que el de algunos edificios, como por ejemplo una iglesia.

Edmund prosiguió:

—Cada uno ha supervisado los cálculos del otro, así que no hay lugar a disputas.

—¡Claro! ¡Todos los constructores cargan la misma cantidad adicional! —soltó Edward Butcher.

La intervención dio pie a grandes risotadas. Edward era muy popular entre los hombres por sus ágiles ocurrencias, y entre las mujeres por su  atractivo  y sus seductores ojos castaños. Sin embargo, no gozaba de tanta aceptación por parte de su esposa, quien conocía sus infidelidades y recientemente lo había atacado con uno de los enormes cuchillos que tenían en casa, debido a lo cual el hombre aún llevaba el brazo izquierdo vendado.

—El puente de Elfric costaría doscientas ochenta y cinco libras —dijo Edmund cuando las risas se extinguieron—. El de Merthin, trescientas siete. La diferencia es de veintidós libras, como muchos de vosotros habréis calculado con más rapidez que yo.

El comentario dio pie a unas cuantas risitas ahogadas, pues a menudo se reían de Edmund debido a que su hija tenía que hacer los cálculos por él. El hombre seguía utilizando los números romanos porque no era capaz de acostumbrarse a los guarismos arábigos, que facilitaban mucho las operaciones.

Otra persona intervino.

—Veintidós libras es mucho dinero. —Era la voz de Bill Watkin, el constructor que se había negado a contratar a Merthin y a quien la calva de la coronilla confería aspecto de monje.

—Sí, pero el puente de Merthin es dos veces más ancho —repuso Dick Brewer—. Tendría que costar dos veces más; si no es así, es porque el proyecto está mejor ideado. —Dick se sentía muy orgulloso del producto que elaboraba, la cerveza, y en consecuencia lucía un vientre tan prominente como el de una mujer embarazada.

Bill volvió a la carga:

—¿Cuántas veces al año nos hará falta un puente lo bastante ancho para dar cabida a dos carros?

—Todos los días de mercado y durante la semana de la feria del vellón.

—No tanto —replicó Bill—. Las horas de más tránsito sólo son una por la mañana y otra por la tarde.

—Más de una vez he tenido que hacer cola durante dos horas con una carretada de cebada.

—Tendrías que aprovechar los días más tranquilos para traerla.

—Yo traigo cebada todos los días. —Dick era el cervecero más importante del condado. Poseía un gran hervidor de cobre con capacidad para más de dos mil litros que daba su nombre a la taberna: The Copper.

Edmund interrumpió la disputa.

—Hay más problemas derivados de las demoras en el puente —dijo—. Algunos comerciantes prefieren ir a Shiring porque allí no hay puente y no se forman colas Otros cierran los tratos mientras esperan y se marchan  sin llegar a entrar en la ciudad ahorrándose el derecho de pontazgo y las tasas de mercado. Interceptar la mercancía es ilegal, pero hasta ahora no hemos conseguido impedir que se haga. Además, está en juego la opinión que la gente tiene de Kingsbridge. Ahora se la conoce como la ciudad del puente derrumbado. Si queremos recuperar la actividad comercial que hemos perdido, eso es algo que tenemos que cambiar. Queremos que se la conozca como la ciudad con el mejor puente de toda Inglaterra.

Edmund era muy influyente, y Merthin empezaba a saborear la victoria

Betty Baxter, una cuarentona obesa, se puso en pie y señalo un punto del dibujo de Merthin

—¿Qué es eso? —preguntó— Lo que hay en medio del pretil, por encima de la pilastra. Hay una cosa redondeada que sobresale hacia afuera, como un mirador. ¿Para qué es? ¿Para pescar? —Los demás se echaron a reír

—Es para que se resguarden los viandantes —respondió Merthin—. Si se atraviesa el puente a pie y de pronto aparece el conde de Shiring con veinte hombres a caballo, el viandante tiene la posibilidad de apartarse.

—Espero que sea lo bastante grande para Betty —dijo Edward Burcher

Todo el mundo estalló en carcajadas, pero Betty siguió con las preguntas

—¿Por qué la parte exterior del pilar que hay justo debajo termina en ángulo? Los pilares de Elfric no terminan en ángulo.

—Es para evitar el deterioro por culpa de los desechos que bajan por el río. Fíjate en cualquier puente que atraviesa un río y verás que los pilares están desportillados y agrietados. ¿Qué crees que es lo que los daña? Tiene que ser por culpa de los enormes maderos, ya sean troncos  o tablas sobrantes de edificios derruidos que la corriente arrastra y que acaban chocando con los pilares.

—O de lan Boatman, cuando esta borracho —soltó Edward

—Sean barcas o restos de madera, la cuestión es que dañaran menos los  pilares terminados en ángulo. Con los de Elfric, chocarían de lleno.

—Los muros de mi puente son demasiado sólidos para venirse abajo por unas maderitas —dijo Elfric.

—Al contrario —repuso Merthin—. Tus arcos son más estrechos que los míos, por lo que el agua pasará a mayor velocidad y el impacto de los restos contra los pilares será mayor y acabaran más dañados.

Por la expresión de Elfric, dedujo que el hombre ni siquiera había reparado en ello. No obstante, los asistentes no entendían de construcción. ¿Cómo sabrían que tenía razón?

Junto a la base de cada pilar, Merthin había dibujado un montón de piedras desiguales conocido por los maestros constructores como protección de escollera. Servirían para evitar que sus pilares fueran socavados como había ocurrido con los del viejo puente. Sin embargo, como nadie le preguntó por ello, no lo explicó.

Betty tenía más preguntas.

—Por qué tu puente es tan largo? El de Elfric empieza en la orilla mientras que el tuyo pasa varios metros por encima de la tierra firme. ¿No es un gasto innecesario?

—Mi puente termina en rampa por ambos extremos —explicó Merthin—. Es para que la gente pueda pisar terreno seco en lugar de ciénaga. Así los carros de bueyes no se hundirán en el barro y no bloquearán el acceso al puente durante una hora entera.

—Es más barato pavimentar el camino —opinó Elfric.

El tono de Elfric empezaba a denotar desespero. Entonces Bill Watkin se puso en pie.

—Me cuesta decidir quién tiene razón y quien no —expuso—. Cuando los dos empiezan a discutir, es muy difícil tomar ninguna decisión. Y si me cuesta a mí, que soy constructor, aún debe ser peor para los que no entienden del tema. —Se oyó un murmullo aprobatorio. Bill prosiguió—: Me parece que tendríamos que juzgar  a los hombre en lugar de los dibujos.

Merthin se temía algo así. Escuchó con desesperanza creciente.

—¿A cuál de los dos conocéis mejor? —preguntó Bill—. ¿En cuál confiáis más? Elfric lleva veinte años trabajando como constructor en la ciudad, desde que era un muchacho. Si observamos las casas que ha levantado, veremos que siguen en pie. También podemos examinar las obras de reparación que ha llevado a cabo en la catedral. Por otra parte, Merthin es muy inteligente, todos lo sabemos, pero también sabemos que se ha ganado fama de pillo y que no terminó la formación como aprediz. No parece una gran garantía de que sea capaz de hacerse cargo del mayor proyecto de construcción que Kingsbridge arrostra desde que se levantó la catedral. Yo tengo muy claro en quién confío. —Y dicho eso, se sentó.

Muchos hombres se mostraron de acuerdo. No tendrían en cuenta los proyectos sino a las personas, Era completamente injusto.

Entonces intervino el hermano de Thomas.

—¿Alguna persona de Kingsbridge ha participado alguna vez en algún proyecto de construcción bajo el agua?

Merthin sabía que la respuesta era negativa. La esperanza invadió su corazón. Eso podía devolverle la ventaja.

Thomas prosiguió:

—Me gustaría saber cómo han resuelto los dos constructores ese problema.

Merthin tenía muy claro cuál era la solución, pero temía que si hablaba primero Elfric se limitara a mostrarse de acuerdo con su propuesta. Apretó los labios con la esperanza de que Thomas, que siempre lo ayudaba, captara el mensaje.

Thomas percibió la mirada de Merthin y dijo:

—Elfric, ¿qué harías tú?

—La respuesta es más fácil de lo que creéis —contestó Elfric—. Sólo hay que verter grava en el lugar del río donde vaya a construirse el pilar. La grava se va acumulando en el fondo y es cuestión de ir echando más y más hasta que la pila sobresalga por encima de la superficie del agua. Luego puede construirse el pilar sobre esos cimientos.

Tal como Merthin suponía, Elfric había aplicado la solución más rudimentaria. Entonces intervino él.

—El método de Elfric presenta dos inconvenientes. El primero es que un montón de grava no es más estable bajo el agua de lo que es en tierra. Con el tiempo, cambiará de posición y se aplanará, y cuando eso ocurra, el puente se hundirá. Está bien si se quiere construir un puente que dure unos cuantos años, pero me parece que debemos pensar a largo plazo.

Se oyó un murmullo de conformidad.

—El segundo problema es la forma de la pila. Como es natural, formará un montículo bajo la superficie y eso restringirá el paso de las embarcaciones, sobre todo cuando el río lleve poca agua. Además, los arcos de Elfric ya son bastante estrechos de por sí.

—¿Y qué harías tú? —pregunto Elfric de mal humor.

Merthin se esforzó por no sonreír. Eso era precisamente lo que quería oír: a Elfric admitiendo que no se le ocurría una solución mejor.

—Te lo diré— respondió

«Y le demostraré a todo el mundo que sé más que el idiota que hizo pedazos mi puerta», se dijo para sus adentros. Miró a su alrededor, todo el mundo lo escuchaba. La decisión dependía de lo que dijera a continuación.

Respiró hondo.

—Primero, cogería una estaca de madera y la clavaría en el lecho del río. Luego iría clavando más estacas una al lado de la otra hasta formar un círculo justo en el lugar en que quisiera construir el pilar.

—¿Un círculo de estacas? —se burló Elfric—. Eso no sirve para frenar el agua.

El hermano Thomas, que había planteado la pregunta, intervino.

—Escúchalo por favor. Él te ha escuchado a ti.

Merthin prosiguió:

—Después, dispondría un segundo círculo dentro del anterior, dejando una distancia entre ambos de quince centímetros. – Notó que contaba con toda la atención de la audiencia

—Eso sigue sin impermeabilizar nada —soltó Elfric.

—Cállate Elfric —le espetó Edmund—. La cosa se pone interesante.

—Luego llenaría el hueco con argamasa —prosiguió Merthin—. Puesto que  el material es más pesado que el agua, la desplazaría. Además, eso serviría para taponar cualquier hueco que hubiera quedado entre las estacas de forma que el círculo quedaría cerrado herméticamente. Se llama ataguía. En la cámara reinaba un completo silencio.

—Al final, vaciaría el agua de la parte central por medio  de baldes hasta despejar el lecho del río y construiría unos cimientos de piedras y argamasa. Elfric quedó mudo. Tanto Edmund como Godwyn miraban a Merthin fijamente.

—Gracias a los dos —dijo Thomas—. Por lo que a mí respecta, creo que la decisión es fácil.

—Sí –convino Edmund—. A mí también me lo parece.


Ken Follett
Un mundo sin fin, pág. 347-355
Plaza y Janés,
México,  2007
1178 p.

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