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EL SISTEMA DE SIFÓN EN EL ACUEDUCTO ROMANO
Grandiosa obra de ingeniería y arquitectura, digna de admiración; es el sistema de acueductos romano, que se encargaba de abastecer las ciudades más importantes del antiguo imperio. Se piensa que las construcciones se levantaron a principios del siglo I D.C. hasta principios del siglo II, pero respecto a su cronología de construcción no existe una unidad de criterios.
Cuando
se habla del acueducto romano, no se le puede
entender como una unidad; ya que este se
encuentra esparcido por toda Europa, con
diferentes órdenes de arquitectura y dos
posibles soluciones de ingeniería
para atravesar kilómetros de muy dispar
topografía: en primer lugar, el puente, que se adaptaba rítmicamente
al terreno,
manteniendo
una pendiente inclinada, siguiendo así el
principio de la gravedad, confiriendo al paisaje
una grandiosidad y monumentalidad
indescriptible; y en segundo lugar, el sifón,
que llevaba el agua en caída brusca
por una ladera del valle y en subida
empinada por la otra, según el principio en el
cual un líquido encerrado en una tubería o
conducción asciende hasta su altura original.
Normalmente se recurría al puente si el valle
era somero y al sifón
sí la profundidad del valle lo exigía,
por temor a puentes sumamente altos.
El
sifón se entiende como un tubo que transporta
un líquido desde un nivel hasta otro, por lo
tanto el líquido asciende por una bomba o por
otra fuerza dando paso a que la presión atmosférica
de la superficie del estanque originario
mantiene el líquido en movimiento. Esto se
puede observar claramente por ejemplo, cuando
introducimos un tubo en él deposito de la
gasolina de un carro y aspiramos por el otro
extremo y volcamos rápidamente el tubo en otro
recipiente el cual se encuentra más bajo que la
superficie del líquido de la gasolina, entonces
la gasolina fluirá.
La
estructura romana se denomina entonces, sifón
invertido, en donde el líquido tiene por lo
tanto un recorrido similar a una U, pero
en el acueducto había que tener en cuenta las pérdidas
de altura que sufría el líquido al pasar por
la tubería debido a la fricción. Por lo tanto,
el extremo receptor era un poco más bajo que el
extremo de arranque.
Aunque
se conoce la existencia y funcionalidad de estos
sifones, no se ha logrado una clara investigación,
debido a que ellos dejaron escasas huellas a
diferencia de los de puente, de los cuales se
conoce bastante. El más importante y en mejor
estado es el de Segovia. Otros también
conocidos por su estructura de puente son el de
las Ferreras en Tarragona, el de los milagros y
de S.
Lázaro en
Mérida, Pont du Gard
en Nimes,
entre otros,
de los cuales
solo quedan ruinas.
1.
ACUEDUCTO DE SEGOVIA, posee una longitud de 728
m y una altura máxima de 28.50 m, a los que se
le añaden 6m de cimientos en el tramo
principal. Construido con arcos de medio punto,
en dos ordenes de arquería.
Los
sifones, parecen haberse construido
preferentemente en las afueras de las ciudades y
no en la Roma metropolitana, en especial en
Francia, principalmente en los alrededores de
Lyon, ciudad que contaba con un total de nueve
sifones en los cuatro acueductos que la abastecían.
Debido
a la clara preferencia anterior en el estudio de
los de puente por su monumentalidad e
importancia arquitectónica, los investigadores
modernos han tratado de indagar un poco más
acerca del sistema de sifón, desmintiendo
las teorías de los manuales de hidráulica
romanos, en donde se presenta que estos construían
los acueductos-puente, porque no podían
fabricar tuberías de una resistencia suficiente
para soportar la presión ejercida en un sifón
invertido. La realidad es que las tuberías de
sus sifones llevaban agua a una presión
considerable. En 1875, el ingeniero francés Eugène Belgrand,
ensayó unas réplicas de las tuberías y
encontró que resistían hasta 18 atmósferas.
Este sifón habría sido capaz de reemplazar más
de tres puentes de Gard.
El
sifón
comenzaba en el
punto donde
un acueducto alcanzaba el límite del valle
que iba a atravesar. Allí el agua penetraba en
un depósito construido en ladrillo
perpendicular al canal. Esta estructura era
entonces, un depósito de distribución, ya que
el sifón no constaba de una tubería única
sino de nueve pequeñas,
una al lado de la otra.

2.
DEPÓSITO Y
RAMPA, señalaban el arranque del sifón en el
acueducto de Gier, uno de los cuatro que servían
el Lugdunnum romano (la moderna Lyon) El depósito
distribuía el agua, que llegaba a través de un
canal abierto hasta el final, en nueve tuberías
pequeñas de plomo.
Las tuberías eran fabricadas en plomo; curvaban una lámina alrededor de un núcleo de madera hasta formar un tubo, luego los bordes se unían y el núcleo era retirado, obteniendo una sección transversal oval y una costura continua en la parte superior, la cual, no era punto de falla, por lo contrario en los ensayos de Belgrand, falló primero la pared lateral que la costura.
3.
Se preparaban las tuberías del sifón, curvando
una hoja de plomo alrededor de un núcleo de
madera. El núcleo se retiraba; la junta, en la
parte superior, se martillaba o soldaba para
producir un cierre hermético, tal como se
ilustra, la sección de la tubería era oval o
periforme.
Los
restos encontrados indican que las tuberías se
construían aproximadamente de 3 m y su diámetro
estaba entre 25 y 27 cm. Estas bajaban por una
rampa hasta el suelo en donde se
enterraban un metro de profundidad para
protegerlas del sol. Luego se extendían por un
puente bajo para aplanar un poco la base U
del sifón, amortiguando así la caída del
agua. Posteriormente estas volvían a subir
hasta otro depósito situado un poco más bajo
debido a las pérdidas de fricción. Esta
diferencia es denominada gradiente hidráulico.
La
superficie de contacto de las tuberías era
mucho mayor que el área de un canal
rectangular convencional, por la sencilla
razón de
que el canal no solía ir lleno y el agua
hubiera fluido despacio, hasta el punto de
bloquear y desbordarse. Para asegurar que la
distribución de agua fuera correcta la altura
que debía reducirse al pasar del depósito de
cabecera al de recepción era mucho mayor que la
de un puente común.
Los
cuatro acueductos que abastecían a Lyon estaban
dotados de varios sifones; entre ellos se
encuentran Mont de´Or, Gier, Craponne y
Brevenne. Hasta los acueductos cortos, con
saltos de agua moderados, podían requerir
varios sifones; este número de sifones lo daba
el número de valles profundos que el acueducto
debía pasar. Con un salto de agua de 90 metros,
el acueducto de Mont d´Or contó con dos
sifones; cuatro necesitó el acueducto de Gier,
de pendiente suave aunque su salto total cubría
110 metros. Craponne tenía un salto de agua
brusco de 420 metros y dos sifones, uno de ellos
de magnitud impresionante. El acueducto de
Brevenne se deslizaba entre cascadas y
planicies, y aunque caía 350 metros, sólo
necesitó un sifón.
Es
de gran importancia hacer una comparación de
los sifones entre sí: los dos mayores del
sistema de Gier se encuentran en Soucieu y
Beaunant. El primero se extiende a lo largo de
1.2 kilómetros por 93 metros de profundidad; el
de Beaunant mide 2.6 kilómetros de longitud por
123 metros de profundidad. Los dos compartían
una pérdida de 9 metros, lo que significaba que
el de Soucieu, de menor longitud, poseía un
mayor gradiente hidráulico. En el acueducto de
Craponne, hay signos que indican la existencia
de un gran sifón, de seis kilómetros de
longitud, que caía unos 100 metros por debajo
del gradiente hidráulico; los signos
indicadores, son de orden topográfico: Se sabe
que el acueducto cruzaba el valle, y siendo éste
demasiado ancho y profundo para un puente tuvo
que trazarse un sifón.
El
volumen de agua repartida por los cuatro
acueductos
de Lyon, se estima en 80.000 metros cúbicos
diarios, mientras el sistema de puente que servía
a Roma aportaba entre 700.000 y 1.000.000 de
metros cúbicos diarios. Hay que tener en
cuenta que estas cifras son exageradas para los
sistemas actuales, pero esto es debido a que en
los sistemas antiguos no se tenían sistemas de
grifos y el agua corría libremente, el flujo
mantenía constantemente las alcantarillas
permanentemente llenas.
4.
SIFÓN ROMANO, a. Con la escala exagerada el sifón
invertido hace el recorrido en U, la fuerza del
agua adquiría un valor importante en el codo,
por lo cual los romanos reforzaban en ese punto
las tuberías y lo empotraban, el puente
amortiguaba la caída del agua desde el depósito
de distribución. El depósito receptor era más
bajo que la cabecera, debido a la resistencia
(fricción), que oponían las tuberías. b. El
sifón de Beaunant, del sistema de Gier, muestra
la escala y gradientes reales.
La
extensión total de los nueve sifones de Lyon
cubría unos 16.6 kilómetros. A razón de nueve
tuberías cada uno, esto representaba 150 kilómetros
de tubería, suficiente para abarcar la
distancia de Roma a Nápoles, o de Barcelona a Lérida.
En su realización se invirtieron entre 12.000 y
15.000 toneladas de plomo. Este sistema de
conducción estaba sometido a presión en todos
los puntos, en ocasiones hasta de 12 atmósferas.
Sin duda alguna, el sistema sufrió pérdidas,
pero funcionaba y cubría los valles llegando
mucho más lejos que los mayores acueductos y
puentes construidos.
El agua ascendía hasta
su propio nivel, pero los ingenieros romanos
debieron contar con otras tres fuerzas:
resistencia de las tuberías, presión estática
y pérdida de agua. En primer lugar, la fricción
de las tuberías, demora el agua, de tal manera
que el sifón debe perder altura para mantener
la fluidez. Segundo la presión estática dentro
de una tubería depende de la profundidad de la
misma por debajo del nivel de agua, es decir, de
la columna vertical de agua que va a sostener.
La presión estática se crea por la presencia
de agua y se genera en todas las direcciones.
Tercero, el agua experimenta una pérdida de
carga inercial sólo cuando se desliza y únicamente
en los codos de la tubería. Allí la pérdida
se produce en una sola dirección, hacia el
exterior de la curva. La segunda fuerza actúa
tanto en movimiento como estático el fluido;
mientras que las tres se involucran, cuando está
en funcionamiento.
Ocasionalmente el sifón era drenado para su limpieza o reparación y la pérdida de carga

5. EL SISTEMA DE LYON, comprendía cuatro acueductos: Mont D´Or, Brevenne, Craponne y Gier, con un total de nueve sifones. En la parte inferior se aprecian los perfiles de los acueductos del sistema de Lyon. Los números correspondientes aparecen en el mapa indicando la localización de cada sifón.
inercial se convierte
en una fuerza de suma importancia en el momento
de volver a llenarlo. Esto es porque el agua
debe entrar gradualmente hasta que se llenen las
tuberías; ya que si las compuertas eran
abiertas de par en par, el agua golpeando sin
control estropearía toda la tubería.
No se tiene ciencia
cierta acerca del conocimiento de los romanos
sobre estos principios, y parece que los
aplicaron de forma empírica, por que los
sifones se construyeron y funcionaron. Sin
embargo si se quisiera formular una teoría
bastante explícita, resultaría imposible, ya
que los antiguos escritos resultan
desalentadores. Frontino, nombrado comisario de
aguas de Roma en el Año 97 d.C., cuyo tratado
sobre el sistema aún se conserva, no menciona
en lo absoluto los sifones, por la probable razón
de que no encerraran mayor interés para la
capital romana. Vitrubio (Marco Vitrubio Pollio)
ofrece, en el libro 8 De Architectura, una
descripción que constituye el único informe
escrito sobre el tema. Vitrubio se muestra claro
en algunos puntos. Reconoce la precaución que
se debe tener en el drenaje y llenado del sifón
y recomienda que, para resistir la pérdida de
carga inercial en las curvas, las tuberías
deberían empotrarse. Pero andaba errado en los
principios básicos del sifón.
Los griegos conocieron
y usaron también los sifones; el mejor conocido
de la antigüedad es el sifón de Pérgamo, de
gran tamaño, en el Asia menor. Se le atribuye
al monarca
helenita Eumenes II (197-159 a.C.),
claramente prerromano. Consistía en una
conducción única de tres kilómetros de
longitud que alcanzaba una notable profundidad:
190 metros. El agua del sifón generaba una
presión estática de unas 19 atmósferas. Este
sifón creó la errónea creencia de que lo
griegos eran más avanzados en la teoría de la
hidráulica y mejores ingenieros incluso,
capaces de crear potentes tuberías. Por su
parte los romanos si construyeron sifones y los
instalaban cuando los puentes tenían que
superar los 50 metros de altura, ya que los
ingenieros suponían que si los construían eran
de alto riesgo.
El hecho de que los romanos realizaran sólo los sifones complicados y evitaran los más sencillos, pareciera indicar que los problemas de ingeniería no eran su impedimento. La causa más probable es la propuesta por Norman A. F. Smith, del Imperial College of Science and Technology de Londres, quien asegura que los romanos construían puentes en vez de sifones solo por índole económica: la obra del puente les resultaba barata, en especial si las piedras se extraían de una cantera cerca al lugar, lo mismo sucedía con los ladrillos y el cemento. El plomo utilizado en las tuberías de los sifones, era barato también y su obtención en el mundo antiguo era de gran abundancia; la intoxicación por plomo no constituía ningún problema, ya que al tener el flujo continuo y la ausencia de grifos, el agua permanecía en las tuberías por muy poco tiempo. Lo que en realidad disparaba el costo de los sifones era el transporte de este último, ya que era un enorme trabajo transportar enormes toneladas de plomo hasta el sitio de construcción; lo que llevó a pensar que esta fue la razón más poderosa para que los romanos no repitieran esta experiencia más de lo necesario.
Los romanos no
construyeron los elevados arcos de puentes como
mera exhibición de poder, (aunque no hay que
negar que disfrutaron de su majestuosidad y a su
vez dejaron un gran legado), ni por que sus
ingenieros carecieran de aptitudes y visión
hidráulica sino, que el factor determinante fue
el costo. Por esta razón hoy en día admiramos
sus onerosos puentes y no indagamos acerca de
sus sistemas de sifón, el cual nos remite a un
principio físico utilizado en la actualidad.
Roberston,
D. S. ARQUITECTURA
GRIEGA Y ROMANA. 1981.
Calzada, Andrés.
HISTORIA DE LA ARQUITECTURA
EN ESPAÑA. 1928.
Cornell, Tim. ROMA:
LEGADO DE UN IMPERIO. 1989.
Investigación
y Ciencia.
“Sifones en el acueducto Romano”. Agosto
1985.
Alejandra
Mesa Velásquez
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